Lo personal es político
Lucía Cirmi Obón
Según la economista e investigadora del Centro Cultural de la Cooperación, invisibilizar el trabajo reproductivo de las mujeres en el hogar es un modo de bajar el costo del salario y una estrategia que se encuentra en el origen del sistema capitalista. Cómo leer a Marx en clave feminista.
Mirta Quiles - Fotos: 3Estudio/Juan Quiles

La teoría económica feminista discute al marxismo su principal concepto, la «acumulación originaria», que explica el paso del feudalismo al capitalismo. Al centrar su análisis en la producción, Karl Marx invisibilizó un factor central para la expansión del sistema capitalista: la producción y reproducción de la vida que convirtió a las mujeres en un bien común destinado a producir futuros trabajadores. Para la economista Lucía Cirmi Obón –magíster del Instituto Internacional de Estudios Sociales de la Universidad de Rotterdam, doctoranda en Desarrollo Económico por la Universidad Nacional de Quilmes e investigadora del Centro Cultural de la Cooperación–, la economía feminista es superadora de las teorías heterodoxas, con las cuales comparte conceptos fundamentales.
–¿Por qué economía feminista?
–En la carrera se enseña economía liberal, básicamente que la economía es de mercado, que funciona como la naturaleza, entonces no habría por qué intervenir. Sin embargo, hay muchas formas de deconstruir ese mito de que el mercado funciona como la naturaleza; desde la economía social lo han hecho, también desde el keynesianismo. Pero a mí me pareció siempre que la más radical de todas es la perspectiva feminista, porque dice que en toda la historia de la economía, del capitalismo, se olvidaron una parte y que esa parte no es neutral, porque al invisibilizarla cayó sobre nosotras. Silvia Federici (la economista feminista ítalo-norteamericana) plantea algo muy importante: así como hubo una acumulación originaria, que es el momento cuando se separa la fuerza de trabajo de la propiedad de los medios de producción, ahí también se separa el trabajo productivo del trabajo reproductivo.
–¿A qué te referís con trabajo reproductivo?
–En las economías de autoconsumo, todos trabajaban para la familia, era una parte de lo mismo. Tras dividirse, una parte se remunera –el trabajo para terceros–, pero lo que se hace para la propia casa, no tiene valor económico o no contribuye al sistema. De alguna forma, todo el sistema capitalista se armó sobre esta idea. Según Federici es una forma de bajar el costo del salario, invisibilizar esa parte costosa de la reproducción de la vida. Y es tan profundo que tiene su reflejo no solo en la economía, sino en todos los otros temas al interior de la casa, que se armó como para que formase parte del mundo privado y si es de ese ámbito, es emocional, por ende incontrolable y femenino. Mientras que todo lo que sucede en el ámbito público es racional, masculino e individualista.
–¿De qué manera baja los costos salariales?
–Si no es trabajo y no hay que remunerarlo, entonces el costo de los trabajadores es para su manutención individual, no para una familia. Si bien durante los años 50, con los Estados de Bienestar esto fue cambiando, por ejemplo, con el salario familiar, nunca cambió del todo, porque se medían las necesidades materiales de hijos y pareja, pero nunca se remuneró el trabajo de la pareja en la casa. Además, toda esta invisibilización se relaciona con la invisibilización en otras esferas, como por ejemplo, la decisión o no de ser madre: como está invisibilizado cuidar, pareciera que no tiene ningún costo ser madre. Federici muestra también cómo en ese traspaso se disciplinó el ámbito del hogar. Y lo interesante, que ella critica, es que fueron los varones quienes escribieron la historia. Ya en épocas de Adam Smith había autoras que le decían que se había olvidado de una parte de la historia, porque se había enfocado en el mercado, mientras que dentro de la casa se seguía trabajando.
–Sin embargo, a partir de los años 60 la situación de la mujer se modifica.
–La participación de las mujeres en el mercado de trabajo se fue modificando según las necesidades del sistema, pero lo que no cambió es que lo que pasa dentro de la casa no tiene valor y que es una situación personal; en consecuencia, no es político. De ahí la contrafrase: lo personal es político. Las economistas feministas, que se fueron agrupando desde los años 70 con fuerza hasta organizarse como una disciplina propia, empezaron a hablar no solo de las desigualdades de género en cada tema, sino que comenzaron en pensar el sistema entero. No había solo que mirar la producción –que es una parte– sino también la reproducción, la reproducción física, diaria, las políticas de reproducción a mediano plazo, todo lo que debería ser el fin último, porque está conectado con cómo y para qué vivís y por qué te querés reproducir. Porque sucedía y sucede lo contrario: se plantea cómo tenés que ajustar tu reproducción social para que haya más producción. Está todo dado vuelta, básicamente.
–¿Cómo respondió la ortodoxia a este planteo?
–La respuesta del mainstream liberal fue que existe una especialización, una división del trabajo dentro de la casa tal como en una fábrica: cada uno hace lo que mejor le sale. Los varones –siempre en hogares heterosexuales– salen a trabajar y las mujeres se quedan cuidando en el hogar, porque son más eficientes. Esto lo dijo Gary Becker, un economista norteamericano que recibió el premio Nobel en 1992.
–Pero los ortodoxos hablan de una economía de género y parecen impulsarla incluso.
–La economía de género o género y economía es una versión del sistema, no tiene un discurso crítico, postula algo así como: «Las cosas como están, pero que haya más mujeres o mayor igualdad en el mercado». Fijate que el FMI, el G20, siempre hablan sobre economía y género, equidad y género. El Fondo, por ejemplo, habla de que el objetivo de la equidad de género sería aumentar la participación laboral femenina. Y eso puede ser un medio, pero no es necesariamente el fin. Que todos puedan elegir está bien, pero si no redistribuís el trabajo de cuidado es muy difícil que redistribuyas el trabajo en el mercado. Son dos caras de la misma moneda. Si vos ponés a todas las mujeres a buscar trabajo, pero no distribuís los cuidados, ahí vas a tener mujeres con doble jornada y eso no es mejorar la calidad de vida. Lo que sucede es que las economistas feministas estamos siempre presentando el tema porque está poco difundido y en el medio ganan los que presentan estos nombres grandilocuentes. Pero no es lo mismo. Por ejemplo, el FMI está pidiendo un ajuste, al mismo tiempo que está hablando de equidad de género, algo difícil porque está probado que el ajuste les pega mucho más a las mujeres.


–Entonces, ¿uno de los ejes de los que parte la economía feminista es la invisibilización del cuidado?
–El cuidado no es cualquier servicio porque no podés –como con otro que se ofrece en el mercado– pedir retribución, no tiene reciprocidad asegurada –por ejemplo, no podés decirle a tu hijo: bueno, ahora me cuidás vos a mí–, es difícil de medir, porque está subvalorado por las mismas cuidadoras y es difícil de medir su calidad. Es como dicen algunas economistas feministas, por ejemplo, la norteamericana Nancy Folbre, «el cuidado no va a encajar nunca 100% en una perspectiva de mercado, en consecuencia, quien está cuidando está en riesgo, es un trabajo riesgoso». Además, lo que se comprobó con el tiempo es que no se negocia dentro del hogar y cada uno hace lo mejor que sabe, como decían los ortodoxos. Porque si aun a un varón le sale bien cuidar, ahí intermedian las expectativas sociales. Esta división desigual aun es el escenario. Y en América Latina, en países como el nuestro, es tan desigual el acceso al cuidado que es un punto donde se evidencia cómo se profundiza la desigualdad entre hogares ricos y hogares pobres. Si una mujer es trabajadora formal y tiene un hijo, toma licencia, accede a un jardín del sindicato o paga una guardería o a alguien que cuide al niño en su casa. Sigue generando ingresos. Pero si sos una mujer pobre con trabajo informal, quedás embarazada y te vas del trabajo. Te quedás sin ingresos. Así se bifurcan los caminos y se profundiza la desigualdad. Y es lo que muestran los datos de Argentina, que tiene este modelo muy marcado. Por estratos es distinto, pero en general, las mujeres que tienen chicos menores de 3 años la mitad sale del mercado de trabajo. Salirse no es ni bueno ni malo. Porque está bueno disfrutar de los cuidados, pero el tema es que lo puedas elegir y que si elegís cuidar no quedes desamparada económicamente. Todo esto le sirve no solo a las mujeres para pelear por una distribución distinta, sino que le sirve al sistema porque todos podríamos vivir mejor si cuidáramos más en lugar de vivir tan desconectados de las emociones. Pero es parte de sobreestimar el mundo de la producción y desvanecer el de la reproducción social.
–¿Cómo remunerar un servicio que ni para las mismas cuidadoras tiene precio?
–El paradigma sería un país donde se remunere el cuidado que se hace en la casa y que se ofrezcan servicios públicos de cuidado para brindar mayor calidad y donde además se promuevan estereotipos donde los varones también hagan trabajos de cuidado. Como no existe la oferta pública de cuidados, hay un montón de proyectos comunitarios donde las mujeres se organizan en los barrios y cuidan entre todas. Hubo un taller de feminización de la pobreza en el último Encuentro Nacional de Mujeres donde se discutió este tema y se charló sobre lo bueno que sería que el Estado financie estas experiencias en lugar de construir otras. Ya están trabajando, entonces, por qué no darles remuneración, regularlas. Es tanta la carencia de oferta de cuidados que faltan años para que el Estado pueda cubrir todo y la experiencia cooperativa comunitaria siempre tiene mucho para dar.
–Sin embargo, en estas épocas en que el Estado parece estar en retirada, pensar en una oferta de cuidados estatal suena ilusorio.
–No existe que tengas una perspectiva feminista y plantees en lo económico un Estado ausente. Porque si reconocés que hay dependencia, por definición vas a tener que redistribuir y necesitás quien lo haga y ese es el Estado, no el mercado. Y para, sobre todo, trabajar con el cuidado –con todas sus particularidades– lo tiene que hacer el Estado. Por eso, aunque el macrismo se postule como feminista y compre algunas partes del discurso, en la práctica es profundamente contradictorio, porque necesitás un Estado que se expanda y se desarrolle para que haya igualdad de género. Hay muchas mujeres que aún hoy tienen doble jornada en Argentina, es decir que hacen las dos cosas. Pero si se mira las estadísticas mundiales, como los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de 2018, todavía el modelo mundial es mujer que cuida, varón que trabaja. Porque si se mira en horas, a nivel mundial, las mujeres tienen 9 horas de trabajo diario, donde 8 son de cuidado y una es trabajo remunerado. Mientras que los varones tienen 8 horas diarias de trabajo y las 8 son remuneradas. Esto te muestra que es mentira que todas las mujeres estamos incluidas, está aún hoy muy dividido; en consecuencia, se profundiza la desigualdad en muchos sentidos.
–Hablamos de la reacción de la ortodoxia frente a los planteos de la economía feminista. ¿La heterodoxia qué dice al respecto?
–Si bien hace mucho tiempo que están planteadas estas temáticas, aún en el ámbito heterodoxo prevalece considerarlos como no urgentes. «Cuando estemos mejor lo vemos», dicen, y es otra falacia. Porque trabajar sobre estos temas puede ser un medio para estar mejor. Hay una idea de que las políticas de cuidado son muy caras, pero en relación con qué, me pregunto. Es paradójico, porque no hay nada más cerca de la calidad de vida que los cuidados, entonces, por qué no acercarse a estos temas. Pero es algo para deconstruir, aun en espacios heterodoxos.