Máquinas como yo
Ian McEwan - Anagrama - 357 páginas

«No existe nada hasta tal punto asombroso que no podamos llegar a acostumbrarnos a ello», dice el protagonista-narrador de Máquinas como yo. Siguiendo su propio axioma, va introduciendo al lector en un universo que resulta ajeno, algo extraño, pero a un tiempo brutalmente cotidiano. Charlie Friend lleva una vida anodina vendiendo y comprando acciones frente a su computadora. Está enamorado de su vecina, Miranda, a quien trata de cortejar sin demasiado éxito hasta que adquiere a Adán, un robot que representa lo último en tecnología e inteligencia artificial. Adán se parece mucho a un hombre real y en varios aspectos casi podría decirse que lo es. Al punto que terminará siendo el vértice de un sinuoso trío emocional con los jóvenes. La trama se desarrolla en una Gran Bretaña ficcional de 1982 con modificaciones de hechos históricos y tecnológicos que trastocan la línea de tiempo habitual. Argentina se menciona con frecuencia, ya que es la que ha ganado la guerra de Malvinas, y la Inglaterra de Margaret Tatcher se ve sumida en la recesión, el endeudamiento con el FMI, el desempleo y las protestas de la clase obrera. Adán no solo hace las cosas de la casa, también puede discurrir sobre literatura, filosofía o ética. Materias sobre las que vuelve una y otra vez en largas disquisiciones con su dueño y con Miranda, objeto también de su «amor». Aun así, pese a su autoconciencia, al final Adán no dejará de conducirse con la frialdad y la lógica de toda máquina. Con algunas referencias a Blade Runner e incluso a El señor de los anillos y la participación del científico Alan Turing, la novela de McEwan no deja de ser perturbadora en sus cuestionamientos, sobre las máquinas, pero especialmente sobre el ser humano.

Marcelo Torres