Más frágil que el cristal
Princesas y estereotipos
Durante décadas, las protagonistas de las películas infantiles fueron mujeres indefensas que padecían maltratos e infortunios hasta la irrupción salvadora del príncipe azul. Una visión del mundo que las nuevas generaciones empiezan a cuestionar.
Florencia Vidal

(Valery Sharifulin/Getty Images)
 

Con un entusiasmo que no logra contagiar, la mujer –de unos 40 años–  le señala a su pequeña hija cada uno de los disfraces que se exhiben en la vidriera de la juguetería. Ni los vestidos –el celeste, el azul y amarillo, el rosa, el violeta, el que termina en cola de sirena– ni los accesorios, que incluyen las infaltables coronitas, despiertan el interés de la nena, quien, ante la mirada atónita de su mamá, se mantiene firme en sus convicciones. Tenía muy claro que para su fiesta de cumpleaños número cinco luciría un traje de pata. En estos tiempos, ¿quién no preferiría ser una pata feliz a una linda, pero enclaustrada princesa a la espera de que un príncipe la libere del hechizo mortal de una bruja o del trato inhumano y esclavizante de madrastras y hermanastras?

Había una vez
«Mi madrastra me quiere matar, si dejan que me quede, puedo lavar, barrer, trapear y cocinar», les promete Blancanieves a los siete enanitos cuando se refugia en su casa luego de huir de la amenazante esposa de su padre. Con el estreno de la película, hace más de ochenta años, la factoría Disney inauguró una serie de producciones basada en historias en las que las protagonistas son mujeres indefensas que, en absoluta soledad o acompañadas por amistosos animales, son sometidas a encierros o a maltratos de todo tipo ocasionados, en buena parte, por otras mujeres. La salvación siempre viene de la mano de un varón que las rescata y las convierte de inmediato en su esposa. Así «vivirán felices y comerán perdices». Como si no hubiera otras posibilidades, este es el final que se presenta para alcanzar la felicidad en la mayoría de las producciones de este tipo, muy populares entre los niños y niñas de todo el mundo.
Alejandra Martínez, socióloga, publicista y exinvestigadora del CONICET, realizó un análisis de los distintos estereotipos, en especial, los de género, que se transmiten en los films dirigidos al público infantil y cuyo mensaje es fortalecido por la publicidad, el mercado de juguetes y útiles escolares, entre otras ofertas. La familia, la escuela, el Estado y la religión son algunas de las instituciones que contribuyen a la reproducción de representaciones relacionadas con la definición de los géneros, explica Martínez. «A estas se les suman los medios de comunicación de masas, como espacios legitimados, que desde un comienzo no han hecho más que cobrar mayor relevancia en la transmisión de sentidos y valoraciones de lo que es y debiera ser la vida en sociedad. Es fundamental incorporar la mirada de género en el abordaje de contenidos mediáticos difundidos en las sociedades contemporáneas y dirigidos a los más chicos por el enorme potencial de inculcar regulaciones desde los primeros años de la vida». En este sentido, Martínez asegura que a pesar de los profundos cambios y el avance de las mujeres en distintos terrenos, los aspectos narrativos y descriptivos de las películas no llegan a marcar una ruptura con los sentidos androcéntricos más tradicionales.
Por su parte, Antonela Prezio, socióloga e investigadora de la Universidad de Tres de Febrero (Untref), explica cuáles son las consecuencias cuando los niños crecen escuchando que son princesas o superhéroes. «Se van generando diferencias entre pares. Entonces, tenemos aulas llenas de princesas y superhéroes que compiten. Esto deviene en peleas que a su vez generan situaciones de discriminación y sufrimiento a “lxs otrxs”, esos que no encajan en las diferentes y absurdas normas de “cuerpos perfectos”, heterosexualidad, masculinidad basada en la fuerza y la no demostración de sentimientos, mujeres débiles, delicadas y dependientes y tipos de familias “tipo”». Prezio recuerda el caso de una mamá que le comentaba muy angustiada que a su hija no la invitaban a jugar por «fea». «Eso fue terrible, porque se terminan naturalizando estos estereotipos crueles impuestos por una sociedad muy desigual y violenta».
Si bien en las protagonistas de los films más recientes se vislumbran algunos rasgos de rebeldía, lo cierto es que todas son heterosexuales con cuerpos privilegiados que persiguen una relación como fin para su realización. En cuanto a la pantalla chica, de a poco van entrando otros modelos que representan una vida más real que ficticia. La doctora juguetes, una serie irlandesa-estadounidense que distribuye Disney, es un ejemplo de ello. Uno de sus capítulos cuenta la historia de una niña con dos mamás. Además, su protagonista tiene una mamá que es profesional y trabaja fuera de su casa y un papá que se ocupa del hogar. En los últimos años, surgieron también tiras para adolescentes que se miran en familia, en canales de aire, con personajes homosexuales, cambios de género, identidades y sexualidades disidentes y comaternidades.

Espacio simbólico
Marina Becerra, doctora en Ciencias Sociales, investigadora del CONICET y especialista en temas de Género y Educación, no tiene dudas sobre el avance enorme que significa el hecho de poder debatir cuestiones tales como la división sexual del trabajo en las escuelas y las familias. «Poner sobre la mesa ciertos temas habilita a cuestionar los roles establecidos y aceptados históricamente. Es el primer paso. Hoy los varones están habilitados socialmente para hacerse cargo de las tareas domésticas y de cuidado, al igual que las mujeres. Esto no significa que todos lo hagan,pero está el espacio simbólico para hacerlo y vamos por ese camino».
En las marchas organizadas por el colectivo Ni Una Menos o en las manifestaciones por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, es frecuente ver a niñas que acompañan en la lucha a sus madres, tías o hermanas. Otras se animan a debatir con sus docentes en las aulas, pintan en sus carpetas o en sus mochilas pañuelos verdes o violetas o usan las redes sociales para expresar su posición. ¿Cuántas de las jóvenes empoderadas que hoy pelean por sus derechos y por la equidad fueron las niñas que crecieron viendo películas de princesas o jugaban a ser una de ellas? Seguramente, muchas.
Becerra asegura que el debate sobre la autonomía de las mujeres en relación con sus cuerpos tiene estrecha relación con la desnaturalización de los roles de género en la casa y con los hijos, y con la desidealización del amor romántico, de cuya exaltación, las películas de princesas son una muestra perfecta.
En tanto, Coral Herrera, doctora en Humanidades y especialista en Género, explica en su libro La construcción sociocultural del amor romántico que «es necesario desmitificar esa clase de amor para aprender a querernos de otras maneras». En las producciones cinematográficas, agrega, «las mujeres estamos solas, aisladas. Ni Cenicienta ni Blancanieves tienen vecinas, primas, amigas o compañeras de colegio. Ninguna de todas las princesas tiene un tejido social alrededor. Están encerradas y a nadie le importa. Solo al príncipe azul. Este aislamiento es muy significativo, porque nos hace más vulnerables y la vulnerabilidad nos hace más dependientes. Y así es muy difícil establecer relaciones igualitarias. La cuestión es preguntarse por qué siempre nos venden el mismo modelo. El amor romántico se considera una cosa individual, pero bajo él yace una fuerte ideología capitalista y patriarcal».
La escritora española explica que el amor tiene una dimensión social, política, económica, cultural y religiosa. «Para desterrar el amor romántico es fundamental entender sus claves culturales y no caer en viejas estructuras que nos hacen sufrir tanto –asegura Herrera–. Todas las princesas de los cuentos están esperando que alguien les solucione la vida y esto que produce rabia o dolor resulta que nuestra cultura lo mitifica».