Matar en banda
El asesinato de Fernando Báez Sosa
Por el carácter ritualizado de la violencia y su contenido clasista y racista, el crimen cometido por un grupo de rugbiers en Villa Gesell interpela al conjunto de la sociedad. El papel de los medios y los discursos que claman venganza en lugar de justicia.
Osvaldo Aguirre

Detenidos. Los jóvenes acusados del homicidio de Báez Sosa son trasladados a una sede policial para ser sometidos a una rueda de reconocimiento. (Télam)

Fernando Báez Sosa tomaba un helado cuando una patada lo tiró al piso. Las imágenes retornan una y otra vez en los medios desde el 18 de enero, cuando ocurrió el crimen de Villa Gesell: unos lo golpean sin que pueda defenderse, otros arengan para que el ataque llegue a las últimas consecuencias –«matalo»– o impiden la intervención de los amigos de la víctima, y también hay alguien que filma el episodio con su teléfono celular, porque «a este me lo llevo de trofeo», como habría dicho Máximo Thomsen, integrante notorio de la patota. Los rugbiers del club Náutico Arsenal Zárate actuaron como un equipo preparado para la violencia extrema, pero el asesinato asume una complejidad que no se reduce a la brutalidad de un grupo de jóvenes.
La reacción social ante el crimen es tan problemática como el mismo crimen. «El sadismo demostrado en la escena del asesinato de Fernando Báez Sosa aparece en muchos comentarios de las redes sociales, como el deseo de que si los responsables van a la cárcel, se transformen en las novias de los reclusos y otras cosas espantosas –dice el psicoanalista Sergio Zabalza–. En lugar de pedir justicia, quieren venganza. Estos chicos salen de esta sociedad llena de odio. La cuestión es qué hacemos para que no se repita, para poner un nunca más».
A pesar de que el padre de Thomsen afirmó no saber cómo pudo suceder la agresión, las peleas eran habituales en el grupo y a partir del crimen surgieron denuncias por otros casos antes aceptados como parte de la normalidad. No obstante, «las hipermasculinidades y las peleas no son patrimonio de los rugbiers», advierte Esteban Rodríguez Alzueta, docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Los «rugbiers asesinos», como afirma el hashtag, no existen, dice: «Existen prácticas colectivas y ritualizadas que son festejadas por la tribuna, por las audiencias. Y esa demanda y ese festejo lo encontramos también en el fútbol, en la escuela o la salida de la escuela, en el barrio, en el recital».
Sin embargo, el rugby está en el centro de la discusión, y el comunicado oficial de la Unión Argentina de Rugby sobre «el fallecimiento» de Báez Sosa generó un repudio generalizado. «El crimen de Fernando trae un punto de inflexión –dice la escritora Gabriela Larralde, autora de Diversidad y género en la escuela–. Por primera vez aparecieron voces disidentes dentro de lo que se llama la familia del rugby. Exjugadores, periodistas, referentes que hablaron en primera persona de la violencia, el alcohol, las peleas multitudinarias y también de cómo ejercer discriminación y violencia es la moneda de legitimación entre sus pares». Rodríguez Alzueta, autor de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, descarta que el fenómeno responda a una causa puntual, como el consumo del alcohol o los ritos juveniles del verano. Tampoco «tiene que ver solamente con la reproducción del patriarcado», dice: «En las sociedades contemporáneas uno de los insumos para componer las identidades y diferenciarse del resto es la violencia, sea física o moral». Una forma de relacionarse y de estar en el mundo: «Pelearse a las piñas por Boca, los Redondos o la esquina no es solo una manera de construir lealtades y honores, una forma de modelar al macho que elegimos y no elegimos, sino también de tramitar el respeto y muchas veces la manera de entrenar cualidades físicas que después se necesitan para estar en el barrio o soportar condiciones laborales con mucha explotación».
Zabalza contextualiza el crimen en la historia política reciente: «Este es un asesinato por parte de chicos de una clase social que en los últimos cuatro años se ha visto estimulada para expresar su odio a “los negros de mierda”, entre comillas, como dijo uno de ellos. El Gobierno de Macri y la coalición a la cual pertenece han exacerbado y siguen exacerbando el odio, porque les ha servido estimular la grieta y ha generado un resentimiento que se traslada a todas las clases sociales. La hábil maniobra de la derecha neoliberal es que los pobres odien a los pobres».


Ostentosa y emotiva
Una encuesta realizada en el Área Metropolitana de Buenos Aires reveló en enero que el 73% de las personas consultadas cree que los acusados por el asesinato de Báez Sosa no cumplirán la condena que imponga la Justicia. El antecedente de Ariel Malvino, asesinado en Brasil en 2006 por tres rugbiers argentinos que resultaron impunes, es un argumento para el escepticismo.
«El Poder Judicial, un poder clasista y patriarcal, es la reserva autoritaria de la Argentina. No es democrático, sino profundamente elitista. Tenemos muchas razones para manifestar nuestro rechazo o desconfianza por esta justicia administrada de espalda a la gran mayoría de la ciudadanía», dice al respecto Rodríguez Alzueta. No obstante, «la justicia mediática no me parece ninguna solución: al contrario, está poniendo las cosas en lugares cada vez más difíciles, porque la justicia estatal está imitando a la mediática, una justicia veloz, sin juicio previo, sin principio de inocencia, sin derecho a la defensa, una justicia ostentosa y emotiva».
En Zárate hubo también movilizaciones de apoyo al carnicero Daniel Oyarzún, cuando persiguió y mató a un joven que participó en un robo a su negocio, en 2016. «¿Cuántas veces leímos en los comentarios de los lectores que hay que matar a los negros de mierda? –se pregunta Rodríguez Alzueta–. Los pibes no estaban solos esa noche, estaban muy acompañados por todos esos lectores, todos los Baby Etchecopar, los Feinmann. Ensañarse con estos pibes es esquivar la responsabilidad social».
El perfil de los acusados contradice prejuicios arraigados, destaca Zabalza: «Los asesinos no son villeros, negros de mierda o la serie de improperios que hemos escuchado en estos años sobre los humildes, sino chicos bien de un club de rugby, de familias acomodadas y supuestamente con un horizonte de empresarios, universitarios, profesionales. La sociedad, con todos sus estigmas, hace de esto un acontecimiento. Hay que aprovecharlo para poner un freno a la violencia que estamos habitando».
Larralde apela a una concientización: «Como sociedad hoy seguimos educando niños que matan –dice–. Estos son chicos que matan porque pueden, porque se les habilitó la violencia y sobre todo la creencia de ser superiores a otros. No es una locura. Es parte de una educación planificada, desde las familias, desde las escuelas. Se alienta a los varones a ser más fuertes, más agresivos, más osados; no a ser más compasivos, más solidarios, más tiernos». En ese contexto, «la implementación de ley de Educación Sexual Integral es la única manera de revertir algo de ese proceso de educación minado cultural y socialmente: no es algo opcional, es un derecho de niñes y adolescentes y, por lo tanto, una obligación del Estado».
Zabalza señala un orden de prioridades: «Primero, justicia. Si estos chicos no reciben una pena importante, estamos perdidos. Y después, que las instituciones responsables de la vida de los adolescentes –la UAR, en principio, pero también las escuelas, los clubes– se capaciten, que eduquen para evitar la violencia, y la violencia de género». El psicoanalista recuerda que el crimen sucedió una semana después que jugadores del club Universitario de La Plata viralizaran videos íntimos de varias mujeres.
«Un delito es un gran desafío para toda la sociedad porque la enfrenta con sus propios odios, sus propios resentimientos, sus prejuicios, sus limitaciones», advierte Rodríguez Alzueta. El crimen de Fernando Báez Sosa interpela del modo más descarnado al conjunto de la sociedad.