Midsommar
Ari Aster

El director de El legado del diablo presenta con Midsommar una fábula social tan siniestra como encantadora. Una comunidad aislada en Suecia que vive como en el siglo XIX, se presenta como el paraíso perfecto para que Dani (Florence Pugh) acuda a olvidarse de sus dramas familiares junto con su novio (Jack Reynor) y un grupo de amigos. Al igual que en el cine de Yorgos Lanthimos, la armonía y la perfección esconden en la película un costado macabro, cuando en una emblemática escena lo siniestro emerge de modo brutal: un par de ancianos de la comunidad entregan su vida en un extraño ritual al arrojarse al vacío y literalmente estallar sus cuerpos contra las rocas. La sorpresa de los estadounidenses en tierras de Abba y Roxette se mimetiza con la del espectador, que no termina de entender a qué tipo de relato se está sometiendo. El mayor valor del film es lograr ese estado de shock permanente, con escenas que se superan unas a otras en demencia y crueldad. En tiempos en los que la figura de la secta satánica reaparece en producciones que van de la remake de Suspiria hasta Huye, de Jordan Peele, pasando por la relectura de Tarantino en Había una vez en Hollywood, nos vemos invitados a buscarle el sentido a la comunidad cerrada: puede ser el modo de escapar a la vertiginosidad del mundo actual o la entrada directa al infierno. Midsommar se puede ver como una alegoría de la sociedad, en donde la violencia y la locura se naturalizan al punto de no registrar sus trágicas consecuencias.

Emiliano Basile