Mundial
Santiago Varela

(Ilustración: Pablo Blasberg)

Para nosotros el Mundial se terminó bastante antes de jugarse la final. Y no es la primera vez. La diferencia es que esta vez a los simples hinchas como nosotros, una miríada de comentaristas deportivos de todos los colores, grandes, chicos, viejos, nuevos, inteligentes y burros, desde hace varios meses y durante infinidad de horas nos han estado bombardeando con la idea de que este era nuestro año. Teníamos a Messi, que era el mejor jugador del sistema solar y alrededores, y sus compañeros de equipo eran todos cracks de un millón de euros para arriba cada uno.
La idea que desde ciertos sectores nos vendían es que íbamos a estar nuevamente en el mundo. ¡Y primeros! Prendíamos el televisor y en lugar de escuchar hablar de la economía, la inflación, el FMI y el dólar, nos hablaban de los grupos de la primera ronda, de las ventajas del cuatro-tres-tres o de cómo hacer para levantarse a una minita en Moscú. Salvo algún crimen truculento o el debate sobre el aborto legal, seguro y gratuito, en los medios todo era futbol, mundial y tipos hablando con un micrófono adelante y las cúpulas acebolladas de la Catedral de San Basilio atrás. Estaban en Rusia, no había duda y los viáticos en dólares así lo aseguraban.
El primer partido fue contra Islandia. Una islita cerca del Polo Norte que, según las malas lenguas, tiene más volcanes en actividad, que jugadores de futbol profesionales. Sin embargo y para sorpresa de todos, fue gracias a nuestra selección que los islandeses obtuvieron el único punto en el único mundial jugado. De nada muchachos.
De la derrota con Croacia lo único bueno es que mucha gente joven recurrió a Google Earth para ver donde cuernos quedaba ese país que nos había metido tres pepas, tres.
Ya con la presión alta y la gastritis a flor de duodeno jugamos contra Nigeria (más Google Earth) y ahí, por fin, pudimos mojar la medialuna. Éramos nuevamente el país del Dios aparte y este no nos iba a defraudar. Que el dólar estuviese a treinta les tenía que preocupar a los barras que fueron a Rusia, pero no a nosotros que confiábamos en Messi más que en San Cayetano, a quien las cosas no le estaban saliendo tan bien.
Luego llegó la frutilla del postre… envenenada: Francia. Todavía hoy hay quien afirma que el jugador Mbappé, que tiene nombre de excolonia en Africa y que corre más rápido que una locomotora, en realidad era la mismísima Christine Lagarde disfrazada. Y puede ser, nos metieron cuatro goles, nos sacaron del campeonato y nos dejaron sobre el pasto y llorando. Todas cosas que Christine sabe hacer perfectamente.
Así terminó el circo para nosotros. Y hoy a falta de fútbol debemos conformarnos con lo que tenemos: inflación, recesión, deuda y un dólar que parece un misil. Hasta el próximo mundial…