Mundo incierto
COVID-19 y vida cotidiana
Debido a la pandemia y a las medidas de aislamiento, el tiempo y el espacio se han vuelto caóticos. Las fronteras entre el adentro y el afuera se han borrado y los otros pueden ser vistos como un peligro. El desafío de renunciar a tenerlo todo bajo control.
Francia Fernández

(Télam)

El ser humano vive con la ilusión de tener todo bajo control, y sus rutinas lo atan a lo previsible y lo tranquilizan. En realidad, la pandemia echó abajo todo eso. Como dice el filósofo y ensayista Dario Sztajnszrajber, con ella el tiempo se «desquició», porque «no solo tiene que ver con su desanclaje de los lugares en los que estamos acostumbrados a percibir y vivir la temporalidad, sino que también hay una sensación de deriva, de que no podemos terminar de ordenarnos». Es algo que ocurre en la Argentina y el mundo. Un ejemplo: el 87,4% de 160.000 encuestados por el diario español La Vanguardia respondieron que han cambiado sus hábitos cotidianos. Además, no es cierto que uno pueda controlarlo todo –si no, no habría espacio para lo inesperado–: más bien se avanza con paso vacilante por ese gran misterio que es la vida. Y, sin embargo, siempre existe el temor a no tener certezas.    
Según la Real Academia Española, certidumbre significa «conocimiento seguro y claro de algo», «firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar». Hasta en sus definiciones es una palabra rotunda. Aunque el COVID-19 dejó en evidencia la vulnerabilidad humana, para el psicoanalista Jorge Catelli «la posición del individuo, desde que nace antes de poder valerse por sí mismo y que requiere ser asistido por un otro, lo ubica en un lugar de cierto “riesgo” ante las adversidades de la naturaleza, el propio devenir de su envejecimiento, las enfermedades y el vínculo con los otros, de modo que “tener bajo control” aquello que sobreviene a su paso en el transcurso de su vida, logra aminorar, al menos parcialmente, las alertas de la proximidad de peligro: la angustia». A lo largo de la historia, dice Catelli, que es miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), las religiones y la magia han logrado «atenuar» la ansiedad frente a la incertidumbre. «En la actualidad, el capitalismo ofrece el consumismo como otro modo de producir una suerte de anestesia simbólica ante este tipo de falta de certezas que nos constituyen».  

Fragilidad
¿Por qué la incertidumbre descoloca a las personas? «La falta de certeza las confronta con la única certeza que es, a su vez, la más desmentida: su propia finitud. Cualquier movimiento en los sistemas de creencias que estabilizan las rutinas cotidianas que alivian esas faltas en el saber, confrontan al ser humano con su fragilidad y la ficción de su importancia como centro del mundo y el universo. Valga mencionar que, en los grupos más vulnerables con que realizo investigaciones en la Universidad de Buenos Aires, el estado de desvalimiento y de incertidumbre es tan constante y agudo, que se va transformando en la única certeza: la falta de esperanza alguna, la falta de una salida», sostiene Catelli.
Debido a la pandemia y lo que provoca, el mundo exterior se ha vuelto caótico. «En nuestra cultura, que se enfrenta a penurias, desigualdades, inequidades e injusticias, se agregó la pandemia, que nos lleva a confrontarnos una vez más, pero de modo aún más contundente, con nuestra fragilidad, por nuestro desvalimiento que aumenta ante los otros, que también pueden transformarse en “peligrosos”, como “portadores de la peste”», observa Catelli. A propósito, en diferentes artículos españoles se habla del «síndrome de la cabaña», un concepto que usan los psicólogos para referirse a las personas que, tras haber estado meses aisladas, tienen miedo a volver a salir y ven en el hogar un «refugio» que les da seguridad y control ante la incertidumbre imperante. «La mascarilla y los guantes sirven como una prolongación del caparazón que se tiene en casa», afirman.
Sztajnszrajber dice que, además del desquiciamiento del tiempo –«el cotidiano cambió totalmente de esquema en cuarentena», aunque la gente se resistiera poniendo el despertador como siempre o comiendo a ciertas horas–, «hay un desquiciamiento de nuestra experiencia del espacio, porque claramente se empezó a volver cada vez más indefinible la diferencia del afuera y del adentro».
También se difumina lo espacial «en términos de una sociedad capitalista, de la producción, acostumbrada a una distinción entre lo privado y lo público, del mundo doméstico y el trabajo. Ahora ambos espacios coinciden en el hogar, que de hogar ya no tiene nada, porque se abrió, estando encerrados, de una manera totalmente distinta», comenta el escritor. También hay un tema relacional: «Lo común de las sociedades de la producción es que hay un modelo familiar en que la mayor parte del tiempo la gente está fuera de casa», ahora, con el trabajo remoto, hay que estar 24 horas con los otros. «De algún modo el éxito del matrimonio tradicional está basado en un tiempo más bien breve del compartir y en una dimensión de exterioridad que posibilita el reencuentro esperado, después de estar todo el día afuera». Significa que hay una reconversión de los vínculos.
Expertos de Harvard estiman que el COVID-19 va a estar presente hasta 2022 y algunos dicen que no se irá nunca, sino que se instalará como lo hicieron la gripe o el HIV. Sztajnszrajber ha dicho que «estamos en una cierta espera, que lo que tiene de angustiante es su relación con la incertidumbre. Las posibilidades de resolución son varias y son muy antinómicas. En ese sentido, creo que a todos nos molesta lo que estamos viviendo».
La angustia tiene que ver con la incertidumbre y la incertidumbre atañe a la filosofía. «Es un tema que irrumpe cuando no tenes clara la resolución de algo. La certidumbre te ordena, la angustia tiene que ver con la indefinición, con la nada. Te hace repensar a fondo en cosas que uno había decidido para sí; decimos que la angustia no se supera sino que resignifica y se lleva a otro lugar», indica Sztajnszrajber, quien propone ver esto como una oportunidad, para reflexionar. Catelli comparte esta mirada:«La falta de certezas es la que permitirá la búsqueda de nuevas respuestas y de crecimiento creativo del ser humano».
Otro efecto positivo, según el psicólogo, es que la pandemia «podría ser promotora de una mayor valoración del presente» de esas pequeñas cosas que se suelen pasar por alto. «O tal vez pasemos del “cuidarse del otro” a “cuidarse con los otros”, como concepción colectiva de alguna salida posible, aun con la vivencia de fragilidad e indefensión en juego». Quizá simplemente nos acostumbremos a ella.