Nada de nada
Hanif Kureishi - Anagrama - 180 páginas

En Agamenón, de Esquilo, el marido se va un tiempo del hogar. Como en el refrán que reza «la ocasión hace al ladrón», su mujer se involucra con un vecino y ambos urden un plan macabro. En Nada de nada, el inglés de origen pakistaní Hanif Kureishi reversiona esa trama de traiciones. Pero la intromisión del tercero ocurre en la casa, con todos presentes. En un tono amargo e irónico, Waldo se debate entre luchar y rendirse. «Durante los últimos diez años me he ido deteriorando (...). La cocaína me ha dejado el corazón machacado. Me han practicado una angioplastía. Y también padezco la mayoría de las enfermedades: diabetes, cáncer de próstata, una úlcera, una incipiente esclerosis múltiple (…) Por lo demás, estoy en forma». Zee, veinte años menor, se involucra con Eddie, un admirador que los visita seguido. El narrador de Nada de nada era guionista como el propio escritor; aquí es un consagrado director, ya anciano, pero aún lúcido. El lector infiere a través de su mirada cada vez más turbia por la desesperación y el alcohol, cómo se redujo su esplendoroso mundo. Anda en silla de ruedas y, vulnerable e ignorado, vive a través de lo que graba. Espía a su mujer, al «amigo» y a los vecinos, bien al estilo La ventana indiscreta, primero con fines artísticos, luego como una forma de supervivencia, práctica y existencial. Así, la novela se vuelve casi un thriller psicológico. En otros libros, Kureishi relataba el fin de las relaciones, pero aquí el punto de vista no es de quien huye por desamor, sino de quien teme ser abandonado. Y nos enfrenta a una finitud más densa: la de la capacidad de discernir, la de la plenitud física y el pavor nervioso, impotente, ante la cercanía de la propia muerte.

Sonia Budassi