Nuestra parte de noche
Mariana Enríquez - Anagrama - 680 páginas

Desde las primeras páginas de las casi 700 que alcanza Nuestra parte de noche, el lector familiarizado con la prosa de Mariana Enríquez, tanto de sus textos de ficción como de sus notas periodísticas, empezará a sentir la ambigua sensación de estar atravesando un territorio absolutamente desconocido pero que, como en las pesadillas, intuirá haberlo recorrido. Como repite la autora en la maratón de entrevistas que viene realizando desde que obtuvo el prestigioso Premio Herralde, la novela abarca todas sus obsesiones: médiums, tumbas, religiones populares, romanticismo hedonista, Stephen King, Clive Barker y mucho más. Al asomarnos al cuarto oscuro que nos abre Enríquez, vemos a un padre y a un hijo alejándose de una Buenos Aires densa de muerte y desaparecidos. Lo hacen por tierra, luego de romper un par de pasajes de avión, como si necesitaran observar los kilómetros que van dejando atrás. Sin embargo, Juan y Gaspar son conscientes, a su modo, de que lo importante, lo que no se puede soltar como a un objeto, lo llevan encima. Y lo que los sacude es la muerte de Rosario (madre de uno, esposa del otro), integrante de la Orden, una sociedad secreta que tiene la capacidad de tomarle el pulso a las fuerzas de la noche. Como todo viaje, el que realizan padre e hijo no es lineal, ni en espacio ni en tiempo. Enriquez divide a la novela en cinco capítulos, que suceden en diferentes territorios y saltan de tiempos históricos como si cada vuelta de página abriera un nuevo portal. Así viajamos a Londres en los 60 y presenciamos el encuentro entre Juan y Rosario; o nos perdemos en la ciudad de La Plata, en la primavera marchita del alfonsinismo, siguiendo a un joven Gaspar por sótanos, marchas y escenarios que nos recuerdan al universo de Bajar es lo peor, el debut de la autora. Nuestra parte de noche es el regreso de Enríquez a la novela, pero sobre todo es el libro que la ubica en el cielo brillante de la larga noche de la literatura.

Damián Huergo