Nunca es demasiado
Fernando Samalea - Sudamericana - 526 páginas

Baterista, percusionista, bandoneonista; ser espiritual, discípulo del artista chileno Alejandro Jodorowsky; hombre de una memoria prodigiosa o de una tenacidad obsesiva por tomar apuntes; vagabundo productivo, hedonista, alguien que «camina absorbiendo el presente»; el que tocó con todos (Daniel Melingo, Estelares, Hilda Lizarazu, el clan Ortega y el Sexteto Irreal); dueño de «todas las vidas que me hubiera gustado tener», según destaca el músico francés Benjamin Biolay en uno de los prólogos (el otro corresponde al colombiano Sandro Romero Rey). Así es como se pinta Fernando Samalea en Nunca es demasiado. Una larga historia en el rock, tercera y última entrega de una saga que comenzó en Qué es un longplay (2015) y continuó con Mientras otros duermen (2017). El libro es una «manera atrevida de vivir otra vez los recuerdos, aun en medio de un presente vertiginoso». Y ese recorrido incluye centros culturales, teatros, museos, hoteles, bares, aviones y caminatas por Europa, Japón y Estados Unidos;  recitales y reuniones con personajes del rock y el arte en general; todo segmentado en una decena de capítulos con extensos subtítulos, a la manera de los viajeros del siglo XIX. Ese incansable andar acompaña las vastas ocurrencias de Charly García o las alternativas de una travesía en moto por Sudamérica junto a la cantante Marina Fages, veinticuatro conciertos incluidos. Hay escenas hilarantes, como cuando descubre que un desconocido se ha hecho pasar por él para beber y comer gratis en un bar porteño durante un año. Con citas a Fernando Noy, Marta Minujín y George Gershwin y una cuidada selección de fotos, todo se sumará, como dice Alejandro Terán, «al anecdotario de la vida surrealista del músico».

Hernán Carbonel