Otra ronda
Thomas Vinterberg

La premisa de Otra ronda (Druk en su idioma original), la película danesa que ganó el Oscar destinado a la mejor producción en lengua no inglesa, es curiosa y en principio se podría pensar como el disparador de una comedia disparatada: cuatro amigos, todos ellos docentes de un colegio secundario, deciden poner a prueba una teoría según la cual el ser humano gozaría de más energía, mayor capacidad de concentración y mejor humor si mantuviera cierta cantidad de alcohol en la sangre. Quien difundió la idea fue el filósofo y psiquiatra noruego Finn Skårderud, incluso con alguna precisión más: se supone que las personas nacemos con un déficit de 0,5 gramos de alcohol en la sangre, un dato que finalmente el propio Skårderud salió a desmentir públicamente tras la consagración del film de Thomas Vinterberg. Al margen de la veracidad del asunto, lo cierto es que el director se decidió por una historia que originalmente pensó como una evocación del alcohol –algo que se podría ver como una provocación más del director de La celebración y Submarino– y luego transformó en una reflexión bastante más matizada, que no oculta los problemas acarreados por el exceso en el consumo de bebidas espirituosas, pero también resalta las propiedades que el director le atribuye: muchas veces unas copas pueden ayudar a socializar mejor, estimular la creatividad o conectar más fácilmente con la espiritualidad, el amor y el sexo. Lo mejor de Otra ronda es justamente ese rescate, que puede parecer osado pero es más bien lógico: en nuestras vidas rutinarias e hipercontroladas, cualquier motivación que abre la puerta a lo incontrolable puede tener el efecto de un bálsamo. Es lo que siente íntimamente Martin (gran trabajo de Mads Mikkelsen, que ya se había lucido en La cacería, celebrado film de Vinterberg), un hombre taciturno y aburrido que de pronto encuentra una manera impensada de reinventarse.

Alejandro Lingenti