Pandemia
Santiago Varela


(Pablo Blasberg)

La pandemia está cambiándolo todo. De todos los peligros que podían asolar a la humanidad, terremotos, tsunamis, meteoritos, Godzillas, bombas atómicas, resulta que es esta miniatura de COVID-19, enano maldito castigo de Dios, lo que nos está volviendo locos.
Estar en casa durante cuatro meses ya es duro, pero estar conviviendo con otra/otras personas es algo que puede llegar a ser una pesadilla.
La vida cotidiana que conocíamos no existe más y la que existe no terminamos de conocerla.
Trabajar desde nuestras casas es algo a lo que hay que acostumbrarse. Tener a Mika, la gata, como compañera de trabajo, es difícil de asimilar. Estar hablando vía Zoom con un cliente y que por detrás de la imagen pase una mujer desnuda saliendo de la ducha –cosa que ha sucedido– no deja de ser algo embarazoso.
Las videollamadas tienen sus peligros. A los bebés les encanta aparecer en cámara. Las mascotas son siempre curiosas, mientras que las abuelas lo ignoran, sobre todo cuando le traen al nene que está trabajando, una tostadas para que coma algo, pobrecito. Incluso uno mismo se siente raro hablando con el gerente en camisa, pantalón pijama y pantuflas.
Sé de tipos que hace cuatro meses que no usan un par de zapatos y de mujeres que se ponen tacos para sacar la basura.
Pero lo que es incuestionable es que con el virus vivimos una era tecnológica. Si alguien no tiene una computadora pasa a ser Robinson Crusoe. O peor: ni siquiera existe.
Esto obliga a tener ciertos conocimientos técnicos de cómo funcionan algunos programas o poder leer un tutorial que está escrito en un idioma extraño que usa palabras del español, pero no usa el idioma español. Programas nuevos, costumbres nuevas. Para muchos lograr entrar en un Zoom y que se lo vea y se lo escuche, es todo un logro, aunque hacer eso le haya costado 35 minutos de los 40 que dispone.
Y todavía falta lo peor: las contraseñas. Hoy todos los programas piden contraseñas. Contraseñas que no quieran decir nada, que no sean nombres propios, ni fechas reconocibles. Algunos piden 6 dígitos con una mayúscula, otros 8 dígitos con 2 mayúsculas y 2 números. Y los más obsesivos, 10 dígitos, con 3 mayúsculas, un número y dos signos, mínimo. Si ponemos voluntad y empeño podemos crear estas contraseñas, es cierto, pero lo que no podremos jamás es recordarlas. Obviamente, la solución es anotarlas, cosa que todo el mundo desaconseja, pero parece la única solución ya que recordar 10 o 20 contraseñas –que recomiendan no sean las mismas– es algo más difícil que barrer una escalera pa’arriba
Pero bueno, así estamos y así esperamos llegar al final de esta cosa.