Para entender a Lisa Simpson
Precoces y superdotados
¿Puede la inteligencia o el talento de los chicos ser un problema? Se estima que cerca de un 15% de los niños y niñas tienen altas capacidades y no es fácil manejarse con ellas ni con los mitos que las rodean. Cómo reconocerlos y ayudarlos.
Marcelo Rodríguez

(Pablo Blasberg)

No hay muchos chicos de tres o cuatro años apasionados por saber cuántos anillos tiene Saturno o por qué Plutón ya no se considera un planeta. Por eso, al no tener con quién compartirlo, pueden sentirse solos o extraños. Un adulto sensible podrá entender esa situación en la que una pasión amenaza con convertirse en una cierta desadaptación al mundo, pero un niño de esa edad no tiene esa posibilidad: simplemente lo vive sin poder entender qué le pasa y por qué.
Algunos son precoces, otros talentosos, otros –los menos– superdotados, pero lo suyo no es tan «raro». Se estima que los niños y niñas con altas capacidades abarcan hasta un 15% de la población infantil, sin distinción de medio social, económico ni geográfico. Lejos de la mitología new age que hablaba de «niños índigo» –popular hasta hace una década en la literatura de autoayuda–, no son «especiales». Tampoco «genios». Como todos los demás, necesitan de los adultos para aprender a desarrollar sus capacidades y disfrutar de ellas sin que se vuelvan un problema o sientan culpa por «no ser como los demás», y para conectarse con otros chicos con intereses similares y con el resto.
Ya sea que muestren grandes habilidades lingüísticas, matemáticas, plásticas, musicales, deportivas u otras, suelen tener una enorme sensibilidad. Para lo que les interesa, y no solo eso: puede molestarles que haya mucho ruido, una situación injusta o una actitud incorrecta. Y entonces discuten o se pelean con otros compañeros que no advierten lo mismo. Se apegan tanto a las reglas que no toleran que otro no las respete, y hasta se convierten en pequeños justicieros que desafían a la autoridad.

Necesidades particulares
Un memorable episodio de la serie Los Simpson, en el que la pequeña Lisa disimula sus capacidades e intereses para tratar de encajar socialmente –característica muy común, especialmente en las niñas con altas capacidades– pone en tela de juicio el mito de que hay una asociación natural entre el talento y una infancia solitaria. «Lo cierto es que en eso tienen las mismas dificultades que cualquier otro chico de su edad, solo que en general los adultos no están preparados para entenderlos y ayudarlos a que les resulte más fácil», señala Laura Diz, especialista en neuropsicología del aprendizaje.
«En realidad, cada niño tiene necesidades particulares, que al no ser atendidas pueden generar un trastorno, sea del desarrollo, de la conducta o del aprendizaje –señala Diz, quien preside la asociación Altas Capacidades Argentina–. Las altas capacidades no son un problema, pero necesitan ser atendidas para que se puedan desarrollar». Otro mito es el de los «problemas de conducta». Como aprenden rápido, cuando la maestra repite un mismo tema durante días para que todos la entiendan, se aburren, pierden la atención, empiezan a pararse, a interrumpir la clase en demanda de atención, o sacan de la mochila algo que trajeron de casa para entretenerse.
Ante tales síntomas, sus familias empiezan a llevarlos por los consultorios de psicólogos y psicopedagogos en busca de un psicodiagnóstico. Y muchas veces lo encuentran, ya que cuando llegan a esa instancia, es porque la cuestión se manifiesta como un problema. Cuanto más chicos son, al no poder expresar lo que les pasa, pueden aparecer manifestaciones somáticas: dolor de estómago antes de ir a clase, eczemas, pesadillas nocturnas.

La escuela
El tema está contemplado en el Artículo 93 de la Ley de Educación Nacional, que delega en las autoridades de cada jurisdicción la creación de programas para detectar y atender a los niños con capacidades y talentos especiales. Recientemente el Ministerio de Educación de la Nación adoptó la Guía de Orientación Docente (GODACI) elaborada por la mencionada asociación en 2018 para incluirla en una serie de cuadernillos para docentes, que puede bajarse gratuitamente de la web. Fuera de esto, como es de esperar, queda mucho por hacer antes de poder decir que el sistema escolar se ocupa adecuadamente de los chicos con altas capacidades.
La Ley contempla para ellos eventualmente «la flexibilización o ampliación del proceso de escolarización», pero la posibilidad de saltearse grados o niveles –cosa que algunas familias o incluso escuelas ven como una posible solución– muy rara vez es habilitada por el sistema educativo. De todos modos, tal solución (en caso de que lo sea) solo tendría sentido para un escaso 2% de los chicos: los que tienen altas capacidades intelectuales, llamados «superdotados». Solo la provincia de Jujuy cuenta con un programa para la detección de chicos con altas capacidades para ofrecerles opciones más flexibles dentro del sistema.
Según Diz, hoy en general ni la formación docente, ni en Psicología ni en Psicopedagogía toman a las altas capacidades como un tema relevante: «El docente trata de encuadrar lo que ve en algo que conoce, y entonces es habitual que al ver algo de lo que mencionamos piense en un trastorno de déficit de atención, un TGD –trastorno generalizado del desarrollo– o cualquier otra cosa, porque no lo puede identificar, y no es culpa del docente». Además, los maestros están a cargo de aulas con treinta alumnos, cada cual con sus necesidades particulares: ¿cómo brindarle a cada uno lo que necesita en el momento adecuado?
Una posibilidad de revertir esa situación beneficiando a todos más equitativamente sería implementar en las aulas una dinámica en la que se presente un mismo tema pero con diferentes variables de complejidad: «Por ejemplo, si hoy trabajamos con El Principito, algunos pueden dibujar a los personajes, mientras otro busca adjetivos y otro escribe oraciones sobre la historia –comenta Diz–: es cuestión de ser un poco menos estructurados».

Prestarles atención
«Las altas capacidades se pueden detectar a partir de los tres o cuatro años, aunque se suele esperar hasta que aprendan a leer y escribir porque hay pruebas que son más complejas», dice Diz. Pero la evaluación debe ser integral, no solo se trata de medir el Cociente Intelectual (CI), como se hacía tradicionalmente, ya que eso «quedó caduco, porque saber sobre la creatividad, lo emocional y la forma particular en que comprende o piensa es muy importante».
La especialista explica que aunque intelectualmente un niño desde muy chiquito pueda manejar ideas complejas y absorber fácilmente todo tipo de información, los adultos no deben caer en el error de exigirle «madurez» por encima de su edad, menos aún en lo emocional y afectivo. Que lea de corrido (a diferencia de cualquiera) no significa que no pueda ponerse a llorar desconsoladamente (como cualquiera) porque perdió su osito.
Las capacidades son potenciales que requieren ser desarrollados de manera activa; es un trabajo en el que familia y escuela deben acompañar brindándoles oportunidades de ser reconocidos y de que también ellos mismos reconozcan de lo que son capaces y disfruten de hacerlo. Llevarlos «a gastar energía» practicando deportes tal vez no está mal, pero lo necesario –aconsejan los especialistas– es darles la oportunidad de desarrollar esas habilidades y talentos que los apasionan.
Luego, dado que la presión hacia el éxito caracteriza a la sociedad actual y que los adultos solemos proyectar en nuestros hijos frustraciones y ansias insatisfechas, ¿no será esto parte del problema para los chicos con altas capacidades? «Por supuesto que en algunos casos existen esas presiones de los mayores –responde Diz–, pero eso no es algo que solo les pase a estos chicos: les pasa a todos».