Pindonga y cuchuflito
Santiago Varela

(Ilustración: Pablo Blasberg)

Si hay algo incuestionable en la realidad económica actual, es la caída del consumo. Los negocios cierran porque los clientes dispuestos a gastar un mango son una especie en vías de extinción. Le digo más: si a usted, querido lector, le gustan los lugares tranquilos y solitarios, vaya hoy a un supermercado. Son un desierto poblado por góndolas silenciosas y algún que otro carrito en medio del yermo. Cuando los inauguraron hacían roncha diciendo que tenían una línea de 20 cajas. Hoy hay habilitada una… y no hay cola.
Esto es una mala noticia para los excompradores, pero también para las empresas fabricantes que necesitan facturar. Así comienza a utilizarse el ingenio para poder vender algo, sobre todo de los artículos de ventas masivas, ya que las alfombras persas parece que no han sentido la retracción.
Veamos algunas estrategias. Usos de segundas marcas. Aquí es donde aparecen Pindonga y Cuchuflito, que en realidad son productos fabricados por empresas importantes que no pueden vender sus marcas líderes, por lo que inventan otras marcas, bajan la calidad y entonces sí pueden mojar la medialuna.
Pero ojo, Pindonga y Cuchuflito también pueden ser marcas de empresas truchas que aprovechan
para meter en el mercado productos tan truchos
como sus empresarios.
Otra estrategia para vender algo es achicar el producto. De afuera se ve como siempre, pero si usted se fija en el peso o en el volumen, verá que traen menos cantidad al mismo precio de antes. O sea que aumentan mientras parece que están estables. Yo guardo galletitas saladas en un frasco de vidrio y últimamente estoy sospechando que el frasco crece porque cuando vacío el paquete, que antes entraba justo, ahora sobra lugar a lo pavote. La duda es: o tengo un frasco milagroso que aumenta de tamaño o el paquete, que parece igual,
es más chico.
No solo las galletitas se achican, los aperitivos que siempre vinieron en botellas de litro ahora tienen versiones de tres cuartos. Lo mismo que algunas bebidas blancas. Incluso hay tamaños «personales» que alcanzan para un vaso y chau.
Pero lo más increíble en esto de bajar calidad son los productos que no son lo que parecen ser. Parece leche, tiene un envase como la leche, en el frente está la palabra «leche», está en las góndolas de las leches, cuesta como la leche… pero no es leche. En letra más chica se puede leer: «Alimento láctico a base de leche» y unos metros más allá, «alimento cárnico con sabor a carne vacuna». Y seguro que mañana aparecerán los «alimentos comestibles con color y apariencia de salame» o bien «sustancia bio degradable con textura y sabor a dulce de leche».
Estamos al horno… y sin poder pagar el gas.