Plan de emergencia
Política y Estado ante el coronavirus
Tras la expansión de la pandemia, el Gobierno puso en marcha iniciativas sanitarias, económicas y sociales que intentan preparar el terreno para responder al momento más complicado de la eventual crisis generada por el virus. Respaldo de la oposición.
Daniel Vilá
Periodista

Gobernadores en Olivos. Perotti, Rodríguez Larreta, Kicillof y Morales acompañaron a Fernández en el anuncio de la cuarentena. (NA)

Como si no fuera suficiente con la catastrófica situación económica, herencia de los cuatro años de neoliberalismo macrista, con la impagable deuda externa que condiciona los esfuerzos dirigidos a volver a poner en marcha el aparato productivo y con las heridas abiertas de la inequidad y la miseria que es imperioso sanar, el Gobierno de Alberto Fernández debe impedir por todos los medios a su alcance la expansión del SARS-CoV-2, un virus que está revelando las contradicciones de una globalización que, paradójicamente, cierra fronteras en lugar de abrirlas.
Existe consenso en que las medidas adoptadas hasta el momento fueron las adecuadas para una coyuntura signada por la incertidumbre y en que han logrado adelantarse a los acontecimientos, algo que no sucedió en países desarrollados de Europa, como Italia, España, Francia e Inglaterra, ni en los Estados Unidos, que corrieron detrás de los sucesos y pusieron en evidencia las limitaciones de un sistema sanitario impotente, fruto de las políticas neoliberales hegemónicas. Pero, tal vez el caso más patético sea el de Brasil, donde su presidente, Jair Bolsonaro, no solo ha negado la importancia del Covid-19, sino que en el contexto de la caótica propagación del mal, puntualizó que solo la fe salvará al pueblo.
Es claro que en la Argentina las condiciones no son las mejores para enfrentar la pandemia. El presupuesto para la salud disminuyó el 23% durante la gestión macrista; los salarios del personal médico y paramédico se derrumbaron; se paralizó la construcción de hospitales que estaban listos para ser inaugurados; centenares de profesionales fueron cesanteados o no se les renovaron los contratos; unidades móviles preparadas para brindar asistencia a los sectores menos favorecidos fueron abandonados por desidia o inquina política. Sin embargo, se intenta afrontar el desafío con los recursos existentes, centrándose en lo fundamental y abandonando, dada la urgencia del caso, las preocupaciones por el déficit  fiscal.
La asistencia a los sectores de bajos recursos se reforzó con distintas medidas anunciadas por el Ejecutivo, aunque subsiste la preocupación por la situación imperante en  el Conurbano bonaerense y las provincias más pobres del mal llamado «interior», sobre todo porque allí ya se instaló el dengue –se verificaron centenares de casos– y se impone acondicionar la deteriorada estructura hospitalaria. Alarma imaginar lo que sucedería en esos territorios si el coronavirus no detuviera su expansión, dadas las condiciones ambientales y sanitarias que impiden ahora mismo el estricto cumplimiento de las precauciones más elementales.
En el marco de las disposiciones oficiales frente a la pandemia,  se ordenó la construcción de nuevos hospitales y la finalización de los que estaban abandonados, se reforzó el equipamiento y se canalizaron recursos para la investigación científica.
La prioridad asignada al control del coronavirus determinó la virtual paralización de la actividad legislativa en todo aquello que no esté vinculado con la pandemia. El Gobierno decidió postergar el envío del proyecto oficial para la interrupción voluntaria del embarazo, en tanto la reforma judicial con la que Alberto Fernández pretende terminar con los abusos de la Justicia Federal, impedir la intromisión de los servicios de informaciones y garantizar la independencia de los magistrados, deberá esperar tiempos más calmos.
Por lo pronto, la oposición, a falta de alternativas superadoras, ha resuelto apoyar  sin mayores condicionamientos las medidas adoptadas. La excepción fue el inefable Mauricio Macri, quien mantuvo una conversación telefónica con Fernández para pedirle que no inmovilice la economía. Un puñado de fieles escuderos lo secundan en sus planteos, pero tanto María Eugenia Vidal como el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, tomaron prudente distancia y ofrecieron su colaboración en esta difícil contingencia.
Otro tema que necesariamente deberá replantearse adecuándose a las nuevas condiciones es el de la renegociación de la deuda externa –hasta hace pocas semanas dominante en la agenda presidencial– vista la caótica situación que se vive a escala planetaria y la inminencia de una recesión universal. Como señala el politólogo español Santiago Alba Rico: «Esto no es una guerra, es una catástrofe».
Las conclusiones generales que pueden extraerse de esta tragedia  indican que, como apuntó el físico español Antonio Turiel, «hacer planes de la misma manera que antaño sería como intentar rellenar el mar con arena». El «yo me salvo solo», es indefendible en tiempos de pandemia y el protagonismo del Estado ya no puede ser objetado seriamente. El lingüista y politólogo estadounidense Noam Chomsky, en una entrevista publicada por el diario italiano Il Manifesto, precisó: «Esta crisis es el enésimo ejemplo del fracaso del mercado, al igual que lo es la amenaza de una catástrofe medioambiental. El Gobierno de EE.UU. y las multinacionales farmacéuticas saben desde hace años que existe una gran probabilidad de una grave pandemia, pero como no es bueno para los beneficios de las empresas prepararse para ello, nada se ha hecho para impedirlo».