Rambo: Last Blood
Adrian Gunberg

No es casual que el héroe interpretado por Sylvester Stallone reaparezca en tiempos republicanos. En la era Reagan, el actor cambió el destino trágico de su personaje con respecto a la novela original (First Blood) para regresar a Vietnam a modificar la imagen de Estados Unidos (Rambo II). Después peleó junto a los talibanes, cuando estos enfrentaban a la Unión Soviética en el fin de la Guerra Fría (Rambo III). Y ahora, en pleno gobierno de Donald Trump, enfrenta a los mexicanos en una suerte de alegoría sobre la necesidad de construir un muro. En Rambo: Last Blood, John Rambo vive tranquilo en un rancho de Arizona, junto a una anciana y su nieta Gabrielle (Yvette Monreal), a quien quiere como su hija. La chica desaparece al cruzar la frontera y el veterano guerrero entra nuevamente en combate para enfrentar solo al cartel que la secuestró. El film sigue la clásica trama de venganza a la vieja usanza, reaccionaria ideológicamente y con esquemáticos buenos y malos divididos entre una idílica Arizona y las oscuras calles de México. Lo interesante de los iconos creados por Stallone (tanto Rambo como Rocky) es que poco importa la calidad artística de las películas. Hay una fuerza emotiva en los personajes que supera cualquier explicación racional y hace atractivos a los films. Rambo ya es un mito y el actor se las ingenia para sostenerlo en el tiempo.

Emiliano Basile