«Reconocer el daño»
Susana Toporosi
Tras décadas de escuchar a los adolescentes y a chicos que han sido imputados por algún delito, la coordinadora del Departamento de Salud Mental del Hospital de Niños percibe cambios alentadores en las formas que asumen las identidades de género. Abuso sexual, escraches y violencia.
Carolina Keve


Susana Toporosi es psicoanalista y coordinadora del Departamento de Salud Mental del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Ha escrito numerosos trabajos sobre adolescentes, pero sobre todo los ha escuchado. Periódicamente se encarga, por ejemplo, de la atención a chicos que han sido imputados por algún delito y requieren tratamiento. Como parte de toda esa experiencia, durante la gestión de Alejandra Gils Carbó fue convocada, además, por la Dirección de Orientación a Víctimas del Ministerio Público Fiscal (DOVIC) junto con un equipo de especialistas, para evaluar las condiciones en las que el sistema judicial debería tomar el testimonio de un menor que ha sido víctima de un abuso sexual o maltrato. En su opinión, son muchas las cosas por revisar, por ejemplo, los tiempos de prescripción de las causas, tomando en cuenta que «cuando un niño vive una situación que le resulta traumática, no tiene herramientas para metabolizarlo», con lo cual es muy usual que la denuncia llegue mucho tiempo después. No obstante, insiste en mantener el optimismo: «Estamos viviendo un tiempo muy rico».
–¿Por qué?
–Creo que, sobre todo, en Argentina y a partir de todo lo que aconteció después del Ni Una Menos, se está trabajando en profundas trasformaciones. Pero lleva tiempo. De hecho, lo que sucedió en Villa Gesell en enero de este año expone cómo sigue vigente el imaginario de ser un varón que puede usar la fuerza bruta para someter a alguien que es más débil. Son ideales que aún atraviesan la construcción de masculinidades.
–Muchos psicólogos coinciden en que están observando entre los adolescentes miedo e incertidumbre: miedo en las chicas frente al encuentro con el otro y miedo en el varón, que no sabe cómo actuar o acercarse…
–En efecto, es frecuente encontrarse hoy con eso. Sin ir más lejos, recientemente me encontré con la siguiente situación: una adolescente empezó a salir con un chico que tiene 3 años más. Ella tiene 13 y él, 16. Y él le dijo de entrada que iban a compartir encuentros pero que no la iba a tocar porque ella es menor. Entonces ella le dijo que le podía dar un beso, que ese era su límite. Lo interesante es que antes se consideraba que una chica no podía expresar tan claramente sus límites, y el varón avanzaba hasta donde él decidía. Hoy pasa distinto. Son cosas, claro, que se están explorando. Creo que hoy nadie sabe qué forma va a tomar esto, porque además estamos ante cambios muy importantes constantemente. Por ejemplo, los escraches estuvieron muy en auge en un momento, ligados a la falta de intervención de otros ámbitos y ausencia de este tipo de regulaciones. Como una forma de instalar el «aquí estamos, nos empoderamos para que los varones sientan miedo, que fue lo que sentimos durante muchos años las mujeres». Y frente a eso, muchos varones están revisando hoy conductas. Aunque creo que ahora ya no tienen el mismo impacto.
–Pero, ¿se puede hablar de un progreso en este sentido?
–Creo que estamos avanzando. La denuncia de Thelma Fardin acompañada por el Colectivo de Actrices ha sido muy importante en ese sentido. Desde aquel momento creo que se produjo una suerte de bisagra. Me parece que ahí se empieza a ver cómo una denuncia puede llegar mucho tiempo después, o cómo alguien que vivió algo traumático puede vivir sin contárselo a nadie, hasta que se generen condiciones donde un colectivo lo puede sostener. Después de ese video empezaron a aparecer miles de consultas, porque muchas empezaron a preguntarse si lo que habían vivido había sido un abuso.
–También se puso en juego la construcción social en torno al abusador.
–Pero me parece importante lo que se descubre en relación con el abuso de adolescentes. Porque hay muchas situaciones donde se considera que por la edad, ese adolescente está eligiendo, pero lo que se expone aquí es cómo un adulto psicópata, manipulador, puede meterse en el mundo de esa joven para llevarla a ese lugar donde él quiere que ella vaya, y ella cree que ella quiere, porque es una chica todavía sensible a este tipo de formas de dominio, todavía está construyéndose y no tiene los recursos para poder enfrentar este tipo de manipulaciones. Y para el yo eso es una violencia enorme.  Hay un trabajo psíquico que tiene que hacer cada adolescente una vez que llega a la pubertad y se instala el tema de la sexualidad genital y de lo que deviene de las miradas deseantes. Forma parte de la apropiación sobre el cuerpo. Tras las experiencias traumáticas vividas en la infancia o en la propia adolescencia, donde otro es el  que se apropia, se vuelve muy difícil aceptar y vivir el cuerpo propio con placer. Me he encontrado con mujeres que han empezado su vida sexual de ese modo y hasta se han casado con el abusador, y nunca lo pudieron pensar como un abuso. Es fundamental cuando en una sociedad se puede comenzar a reconocer quién es el que produce el daño.
–Cuando se habla de jóvenes, ha afirmado que prefiere hablar de «conducta abusivas» y no de «abusadores». ¿Por qué?
–Creo que los varones están subjetivados en una cultura patriarcal que es una verdadera fábrica de subjetividades masculinas dominantes y sometedoras, bajo el imaginario de que el varón tiene que ser fuerte, ejercer relaciones de poder sobre otras subjetividades consideradas más débiles, desplegando una sexualidad más hegemónica. A la consulta, por ejemplo, llegan varones que tuvieron una conducta sexual abusiva con niños, niñas o con adolescentes más chicos. Es un fenómeno que ha crecido muchísimo, infinitamente si lo comparo con cuando comencé hace veinte años a atender en el hospital los primeros casos. En este sentido, lo que yo propongo es diferenciarlos de los abusadores adultos y no nombrarlos como abusadores. ¿Por qué? Por un lado, porque están cursando la adolescencia, que es una etapa de construcción del psiquismo y de construcción de las responsabilidades. Es un momento de armado de la identidad. Nombrarlo así sería proponerles esa identidad, cuando considero que es un momento, es decir, que tenemos oportunidades importantes para que eso, esa conducta, no se coagule de esta manera.


–¿Y qué ha podido descubrir durante los tratamientos?
–Generalmente me encuentro con adolescentes que, en muchos casos, han sufrido situaciones de violencia en la infancia. No necesariamente de abuso sexual, sino otro tipo de abusos emocionales. Es bastante común hallar situaciones donde se han sentido descalificados y humillados por la figura paterna, y para sentir que «son alguien» necesitan apelar a una conducta de dominio sobre alguien considerado más débil.
–Pero, ¿es posible desandar esas conductas abusivas?
–Te diría que es a lo que apostamos. En los chicos menores todavía no está involucrado el ámbito penal. Desde los 16 ya son imputables con lo cual intervienen otra serie de instituciones. Nosotros, como hospital, recibimos a estos chicos que son enviados por el juzgado o la Defensoría para un tratamiento psicológico. Si es menor, no hay intervención penal, pero los organismos de derechos intervienen para garantizar que ese pibe no se quede sin tratamiento, porque sin él va a repetir esa conducta. Son chicos que generalmente han vivido muchas cosas traumáticas, y de pronto al encontrarse en esa situación donde se cree en su palabra, se los entiende y se intenta comprender su padecimiento… Ese vínculo con otro es muy sanador, muy subjetivante, transforma a ese chico en alguien que comienza a quererse y no quiere quedar expuesto a situaciones que lo ubiquen en un lugar de delincuente. Para eso también hay que trabajar con la familia.
–¿Y cómo es la respuesta de las familias?
–Generalmente son las madres las que están presentes, porque además se permiten aceptar la vergüenza. Porque, por otro lado, en determinados espacios la idea de una conducta abusiva,  el «ser macho», es valorable.
–¿Se puede hacer un recorte de clase? Sin estigmatizar, pero la pregunta siempre es hasta dónde llegan las transformaciones sociales que estamos viviendo.
–Me parece importante hacer una división, porque es cierto, no se dan de la misma manera el mismo tipo de transformaciones. Las subjetividades que pertenecen a una clase social más baja, padecen muchas más violencias y sometimientos, allí están encarnados los modelos tradicionales de masculinidad. Pero, ojo, cuando hablamos de las relaciones de poder en ciertos grupos de clase alta o media, también nos encontramos, por ejemplo, con situaciones de abuso en manada, o las golpizas, como sucedió en Villa Gesell.
–Hace un tiempo, a raíz de una serie de afiches que promocionaban un tema de Jimena Barón, se volvió a instalar el debate en torno a la prostitución, entre la postura abolicionista y aquella que plantea un reconocimiento al trabajo desde el Estado. ¿Es posible pensar el tema superando esa dicotomía?
–Es un tema complejo. No puedo dejar de pensarlo como parte de un sistema capitalista, donde –por ejemplo– tenemos un fuerte crecimiento del turismo sexual y la explotación infantil. Niños que se transforman en mercancías. Es decir, lejos de toda individualidad estamos ante un sistema que transforma cuerpos en mercancías de consumo. Desde la psicología, podemos pensar en las experiencias previas que tuvo esa persona.
–¿A qué se refiere?
–A lo que connota la frase «elijo ser puta». Es que incluso más allá de que alguien diga «yo elijo», «yo soy la que decide», a veces estamos ante una conducta compulsiva, que no es una elección, es algo que la persona no puede evitar hacer. Obviamente estamos dejando de lado aquellas situaciones donde la prostitución es una respuesta frente a la falta de otra alternativa económica, ¿no? Me refiero a cuando alguien no puede dejar de ofrecer su cuerpo como un objeto de goce para otro, que es muy distinto a elegirlo para el placer propio. Son situaciones muy usuales, provenientes de haber vivido algo traumático que no pudo ser procesado y por ello se traduce en una tendencia a repetir esa situación. La compulsión puede ser síntoma de una experiencia traumática. No siempre el trauma produce una inhibición de la sexualidad genital, también puede producir conductas de desborde.


Fotos: Jorge Aloy