Retrato de una chica en llamas
Céline Sciamma

Mientras el mundo recibe con expectativa la nueva versión de Mujercitas dirigida por Greeta Gerwig, la directora Céline Sciamma retrocede un siglo más, hasta 1770, para plantear una historia que se ha contado varias veces, pero ahora desde el punto de vista a menudo obliterado de una mujer o, mejor dicho, de dos, puestas en absoluto pie de igualdad. Una, la artista Marianna (Noémie Merlant) es contratada para pintar el retrato de Héloïse (Adèle Haenel), hija de una condesa francesa (Valeria Golino) quien, tras la muerte de su otra hija, enviará esta pintura al adinerado hombre milanés al que la chica ha sido prometida. En parte como resistencia a esta imposición, Héloïse se rehúsa a posar para su retrato, con lo que a Marianna se le plantea el desafío de entablar una relación con esta, paseos y conversaciones mediante, para observarla casi en secreto y pintarla en ausencia. La profundidad del tipo de observación íntima, minuciosa que esta tarea entraña, va dando paso a otra relación, sentimental y eventualmente sexual entre ambas. Sciamma se propuso politizar su relato de manera explícita, descartando la idea de musa –una «palabra muy bella», argumenta, que se usa para esconder la desigualdad entre los pintores varones y las mujeres retratadas–, poniendo a las chicas en un plano equivalente y siempre desafiante, y concentrando su pasión en escenas menos físicas que verbales, aunque sin por eso dejar de plasmar una idea de intimidad perfectamente sensible.

Mariano Kairuz