Sensaciones encontradas
Sexting
Filmarse, fotografiarse y enviar mensajes con contenido sexual es una práctica cada vez más difundida. La incorporación definitiva de la tecnología a la intimidad exige recaudos y un uso informado de redes y dispositivos, sobre todo entre adolescentes.
Marcelo Rodríguez

(Shutterstock)

Dos generaciones atrás (muchísimo en relación con lo que dura una vida; poco y nada en términos antropológicos) muchos entendían que la necesidad de incorporar el preservativo como condición sine qua non iba a hacer que el sexo dejara de ser «natural». Algo parecido (también relacionado –nada casualmente– con la prevención en un contexto de pandemia) sucede hoy con el sexting, que para algunos consiste simplemente en hacer fotos, videos o mensajes con contenido sexual y compartirlos vía internet, y para otros es la incorporación definitiva de estos medios tecnológicos –que llegaron para quedarse– a la vida sexual. ¿Llegará acaso el momento en que no podamos concebir al sexo sin la mediación tecnológica, así como se naturalizó la necesidad de usar el preservativo?
¿Puede el sexo virtual reemplazar al sexo que –por oposición a este– consideramos «real»? Para el psicoanalista César Hazaki, el desarrollo al máximo de los contactos sexuales virtuales durante esta pandemia «no hace más que mostrar, en todo caso, que esta es la sexualidad de hoy: una sexualidad mediatizada por las máquinas».
Es demasiado pronto para saber si la sexualidad cambiará a raíz de la pandemia y cómo, piensa el médico y psicoanalista Juan Eduardo Tesone; lo relevante y actual, sostiene, es que con la mediatización «deja de existir la intimidad». Al menos del modo en que nos era conocida. Esto conduce directamente al otro polo: el del sexting como problema, muy especialmente entre los adolescentes, cuya relación personal con el smartphone es un hecho tan natural como la entrada en la pubertad.
El crecimiento del sexting (o «sexteo») en este grupo etario está en relación directa con el acceso a estos dispositivos, que permiten no solo sacarse fotos y videos y compartirlos instantáneamente, sino también hacerlo en cualquier parte y de manera espontánea, eludiendo todo control de los adultos. «Hay una gran banalización de la imagen entre los más jóvenes, que no siempre toman conciencia del daño psíquico al que se exponen con este tipo de prácticas si esas imágenes llegan a circular –advierte Tesone–. Una pareja que hoy parece confiable, mañana puede no serlo».
La médica canadiense Sheri Madigan, autora del estudio más abarcador hecho a nivel mundial sobre sexting en adolescentes (ver En números), remarcaba en su resumen que el estereotipo difundido por la prensa –la adolescente ingenua que envía fotos propias cediendo a la presión de un varón, generalmente adulto– da cuenta sin dudas de un peligro real, pero no es lo predominante en este fenómeno cultural, en cuya participación no parece haber diferencias de género. Según los autores de este estudio, publicado en 2018 en el Journal of the American Medical Association, los eslabones más críticos de la cadena son aquellos jóvenes que reciben «sexts» sin consentimiento (ya que puede ser una forma de acoso) y, sobre todo, los que los reenvían también sin consentimiento, cuyo perfil psicológico –señalan los especialistas– requeriría mayor estudio.

Hallazgo preocupante
Madigan inició su estudio del sexting adolescente motivada por la preocupación de que fuera una conducta asociada a otros trastornos de salud o de conducta. Pero salvo algunos hallazgos muy preocupantes –por ejemplo, que uno de cada 100 menores de 12 años enviaba sexts, obviamente propios, ya en 2010, lo que presupone que esa cantidad hoy es muy superior–, los realizadores del estudio concluyeron que hoy el sexting «es esperable y generalmente corresponde a la edad de la identidad y exploración sexual», lo que lo convierte en un emergente «potencialmente normal» de la conducta y el desarrollo sexual.
En sus inicios –hace una década y media– era cosa solo de los más jóvenes, quienes, como parte del cotillón sexual, hacían circular fotos propias o de su partenaire; luego se extendió la modalidad de las fotos en solitario ante un espejo. «Esto parece indicar que aquellos largos devaneos frente al espejo, propios de una etapa de la adolescencia, hoy se han transformado en una relación entre el cuerpo, el espejo y la cámara del smartphone», observa Hazaki, especialista en adolescencia y autor del libro Modo Cyborg (Topía, 2019). En tal sentido, Hazaki piensa que el sexting forma parte de la misma tendencia a la tecnificación del sexo que representa, por ejemplo, el creciente uso del sildenafil y drogas similares entre los adolescentes, como si creyeran que son necesarias para mantener una relación.

El pudor, esa reliquia
Elevando el target etario, la publicidad por internet ofrece ingeniosos «potenciadores» sexuales, donde la imaginación de la industria compensa cualquier falta de imaginación erótica. Lo más logrado: sensores remotos que permiten a los teleamantes experimentar como sensación física los estímulos que su pareja envía a kilómetros de distancia, probablemente miles. La búsqueda de juguetes sexuales no es novedosa en la historia; lo nuevo, señala Hazaki, es la relevancia que han adquirido estas máquinas de comunicar en todos los aspectos de la vida.
En 1958, el escritor y filósofo Günther Anders sostenía que todo avance tecnológico trae asociado un potencial problema: siempre hay gente dispuesta a creer que lo que se puede hacer –porque la técnica lo permite– se debe hacer, aun cuando fuera peligroso o éticamente reprobable. Por eso –pensaba– las tecnologías no son «herramientas neutrales», sino que su propia existencia puede tener el poder de cambiar la ética y la moral de la sociedad.
Parece fácil advertir entonces que, en sentido darwiniano, las conductas exhibicionistas serán las más aptas para sobrevivir en el mundo del sexting. Esto no siempre va de la mano con una mayor satisfacción, porque exhibirse no garantiza el éxito ni la felicidad: «Las personas de 20 a 40 se manifiestan frustradas con el uso de ciertas redes sociales donde el sexo al principio parece garantizado; sin embargo, siguen participando sin darse otras opciones», observa Hazaki. Tal vez porque la propia relación con la máquina les haya hecho incorporar el hábito.
Para Tesone, el sexting está lejos de ser una modalidad específica de relacionarse que pueda reemplazar a lo que conocemos como «sexo», pero tampoco es un fenómeno neutral: «No se trata para nada de censurar actitudes, sino de entender que con internet se acabó la intimidad. Aunque lo parezca, el uso de estas tecnologías nunca es gratuito, y el costo subjetivo de quedar expuesto puede ser muy alto». Luego, ¿puede llegar a ser una virtud lo que en tiempos de pandemia las parejas alejadas viven como una necesidad? Solo el tiempo lo dirá.