¿Sentiste hablar de mí?
Sergio De Loof

El anfitrión recibe en ojotas, bermudas y camisa a cuadros y convida a muy pocos un whisky nacional que tiene encanutado para entonarse antes de la gran inauguración, bien alejado del glamour que impuso en los espacios que diseñó entre finales de los 80 y mediados de los 90 en Buenos Aires. Diseñador autodidacta nacido en 1963 en el sur del Conurbano bonaerense, Sergio De Loof se convirtió en leyenda y ahora también en patrimonio nacional, gracias a esta muestra consagratoria en el Museo de Arte Moderno. Bajo la pregunta ¿Sentiste hablar de mí?, la curadora Lucrecia Palacios organiza con excelencia esta muestra que recupera para la memoria colectiva los espacios creados por el divo artista, sus videos remasterizados y sus vestuarios realizados con materiales reciclados. Todo enlazado por un espíritu de fiesta que ahora anida en el recuerdo, matizado con cierta nostalgia de un desborde celebratorio que la ciudad no volvió a vivir. El Bar Bolivia fue su primer espacio, donde se comía polenta y se bebía vino barato y que, a fines de los 80, se convirtió en un punto de encuentro obligado de los artistas del under. El bar pionero por su espíritu inclusivo fue la creación más destacada de De Loof, que en esta muestra impregna cada una de las salas que intentan reproducir una estética de la que hizo su marca registrada. Kitsch, pop y glamour fueron los ingredientes que con distintas dosis enlazó en espacios de la noche que hicieron historia durante el menemismo: desde El Dorado hasta el más internacional Morocco, pasando por Ave Porco y Caniche y, algo más tarde, el restó París. Con objetos que él convirtió en joyas y que encontraba en el Ejército de Salvación o en el Cotolengo Don Orione, sus ambientaciones atrajeron por igual a estrellas de la tevé y a los más freaks de la fauna porteña. Con fama de caprichoso y despilfarrador, se desactivó por propia voluntad a comienzos de este siglo. Es un viejo joven que aún podría seguir inventando. Quizá sea muy pronto para quedarse en el mármol.

Cristina Civale