Sin cemento
Viviendas sustentables
Ecológicas y de bajo costo: así son las casas que, aunando técnicas tradicionales y estrategias que optimizan los recursos, ofrecen una alternativa a la arquitectura convencional. Neumáticos, barro y botellas, los nuevos materiales de construcción.
Verónica Engler

Sauce Viejo. Construcción de la cooperativa Teko, con techo vivo y muros de adobe. (Remi Bouquet)

Paredes de barro y neumáticos, quincha, ladrillos de plástico reciclado o botellas de vidrio, «techos vivos» elaborados con vegetales, calefacción solar y provisión de electricidad por medio de energía eólica. Estas son algunas de las tecnologías que se utilizan cada vez con más fuerza para desarrollar casas ambientalmente amigables, pero que también ofrecen beneficios económicos y prestaciones eficientes para los hogares. Si bien muchas de estas iniciativas se realizan de manera artesanal, hay emprendimientos profesionales que ofrecen servicios para construir este tipo de viviendas.  
Estas «novedosas» modalidades edilicias suelen agruparse genéricamente bajo el amplio paraguas de la bioconstrucción, un término que se asocia con el arquitecto e ingeniero alemán Gernot Minke, quien desde la década del 70 del siglo pasado se dedicó, en la Universidad de Kassel, a la investigación y difusión de tecnologías alternativas para realizar viviendas ecológicas y de bajo costo con materiales naturales, como la tierra. De hecho, lo que Minke hizo fue poner en foco técnicas tradicionales que se venían usando desde hacía miles de años por culturas de todo el mundo, pero que hace aproximadamente un siglo comenzaron a dejar de utilizarse por el avance de nuevos materiales, como el cemento.
Por otra parte, la cantidad de residuos urbanos, que se incrementó notablemente en las últimas décadas, empezó a ser visualizada por muchos ambientalistas como materiales para la construcción, de manera de ofrecer una vía de reciclado para esa ingente cantidad de desechos que suele ir a rellenar basurales siempre a punto de colapsar.
Uno de los elementos rechazados por quienes abogan por una arquitectura sustentable es el cemento, por la gran la cantidad de gases de efecto invernadero que genera directa o indirectamente. Porque para su fabricación hay que calentarlo por encima de los 1.000 grados centígrados, y esa temperatura se traslada al medioambiente; además de la cantidad de combustible que se consume para generar ese calor. A esto hay que sumarle todo lo que se emite de manera indirecta cuando se arreglan las rutas por las que transitan los camiones cargados de cemento; la cantidad de acero que hay que producir para fabricar esos camiones; y el papel que se utiliza en las bolsas contenedoras. La contaminación producida en este proceso es lo que se denomina «huella de carbono». Minke asegura que cuando se construye con barro se utiliza del 1% al 5% de la energía que se consume cuando se lo hace con cemento. Por otra parte, afirma que vivir en una casa de barro es más saludable porque equilibra la humedad del aire.
«El barro regula la humedad mucho más eficientemente que cualquier otro sistema de construcción», sostiene Adrián Mancuso, de la cooperativa Otro Modo. «Absorbe la humedad cuando pasa del 60% y la devuelve cuando baja del 30%. Es como un colchón de humedad, entonces la variación no es tan extrema». La cooperativa se conformó hace una década en el norte del Gran Buenos Aires. Desde entonces colaboran en la construcción de viviendas sociales mediante talleres a los que acuden personas que quieren aprender, y en el proceso de aprendizaje aportan su trabajo como una puesta en práctica de los conocimientos adquiridos. «Prestamos mucha atención a la relación de las viviendas con su entorno natural y social. Nuestro esfuerzo es reducir el impacto socioambiental y optimizar el beneficio de las distintas alternativas que surgen caso por caso».


Investigación y desarrollo
El problema de técnicas milenarias que utilizan barro o madera, o las más novedosas que se realizan con residuos, es que suelen carecer de los costosos certificados que poseen los productos industriales, por lo cual muchas veces no están permitidas o su utilización resulta administrativamente muy engorrosa.
Julia Marconi, arquitecta y habitante del barrio Villa La Ñata, en el partido bonaerense de Tigre, comenzó a construir su hogar hace varios años, cuando obtuvo un crédito del programa ProCreAr. Su idea era edificar en madera. «En ese momento el municipio no permitía construir más de un 50% en madera, ponían una serie de requisitos que entonces me resultaron complicados, así que tuve que construir buena parte de la casa con hormigón, aquí en pleno humedal, lo que resulta bastante contradictorio», cuenta. Lo que sí pudo hacer sin mayores inconvenientes fue instalar un techo vivo. «Principalmente se usa porque repone la superficie de absorción que se quita al apoyar la casa, y eso se recupera en el techo. Es un buen agente térmico, y utilizando materiales naturales se reduce al mínimo el uso de otros materiales que son más contaminantes. También absorbe radiación solar y aporta beneficios de las superficies con plantas, oxigenando. Además, es bello y fácil de hacer, con tierra y plantas de este lugar».
En la provincia de Santa Fe, la cooperativa Teko, integrada por arquitectos y personas vinculadas con la construcción, vislumbró tempranamente los reparos que podrían poner los bancos y municipios involucrados en los planes del programa ProCreAr a la hora de evaluar proyectos que estipularan la utilización de materiales no industriales para la elaboración de las casas. «Desarrollamos una estrategia para que este tipo de tecnología a base de tierra cruda, que no tiene una norma IRAM o un Certificado de Aptitud Técnica (CAT) como otros materiales, tuviera una certificación de una unidad académica –recuerda Mariano Pautasso, arquitecto de Teko–. Nosotros trabajamos con el Centro de Investigación y Desarrollo para la Construcción y la Vivienda (CECOVI), de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN)». La universidad realizaba las mediciones y las pruebas de las tecnologías elegidas (adobe, quincha, bloque de tierra comprimida o techos vivos) y luego emitía una certificación que les servía a Teko y a los beneficiarios del crédito para presentar sus proyectos ante los municipios y los bancos.
Muchos municipios tenían prohibiciones para construir con tierra, porque durante muchos años se la asoció al rancho y la vinchuca. «El tema no está en la tecnología sino en la aplicación o su mal uso –señala Pautasso–. La vinchuca anida porque hay humedad u oquedades entre los materiales». A partir de este trabajo de concientización realizado por la cooperativa se logró que en varios municipios y comunas transformaran sus reglamentos e, incluso, crearan ordenanzas al respecto, como en la localidad santafesina de Oliveros, en el departamento de Iriondo. Teko construyó más de 40 hogares con materiales asociados a la tierra en el marco del ProCreAr en la provincia de Santa Fe. Esta experiencia exitosa abrió las puertas para que otros emprendimientos de este tipo pudieran realizarse con estos créditos inmobiliarios.
Poco a poco, otra forma de concebir los territorios y las viviendas va ganando espacio. Sin dudas, esto ayuda a reducir la huella de contaminación que lleva impreso cada espacio construido y mejora nuestro hábitat.