Sin dicotomías
Marcelo Onesto
Economista

Uno de los «clásicos» de la economía argentina es el «versus» entre mercado interno y exportaciones. A lo largo de la historia, el vaivén pasa de políticas que promueven a uno o a otras como exclusiva vía de lograr el ansiado crecimiento y desarrollo. Si bien hay aspectos estructurales que pueden justificar estos posicionamientos (tipo de productos, tamaño de los agentes involucrados y criterios distributivos), en los hechos el dinamismo del mercado interno va de la mano del incremento exportador, dado que con el incremento del consumo (y también de la inversión) sobrevienen mayores necesidades de importación y por ende, un incremento en los requerimientos de divisas. Si bien el saldo comercial también se puede defender a través de medidas de protección, a largo plazo traban la modernización del tejido productivo.
La realidad muestra que el desempeño exportador argentino reciente ha sido muy pobre. Medidas en dólares constantes, las ventas al exterior en 2018 fueron un 33% menores a su valor máximo, logrado en 2011. Caídas en los precios en las materias primas agrícolas y el descenso de la actividad en Brasil, se cuentan entre los factores que más han incidido en ese sentido. En volumen la caída desde 2011 es algo menor pero aún de magnitud considerable, llegando al 12,5%. La merma más importante se centra en las exportaciones industriales, muy afectadas por el declive que desde entonces ha sufrido la economía brasileña. Pero en términos generales en todos los rubros el dinamismo es bajo. De hecho, el volumen total exportado se mantiene estancado desde 2005, contrastando con el 40% de incremento promedio para América Latina en ese lapso. Quebrar esta tendencia será uno de los desafíos para el Gobierno que se inicia, tarea que deberá asumirse teniendo en cuenta los dilemas cambiarios y distributivos.