Tobías en pañuelos menores
En el bar
Rudy

Tarde cuasi veraniega. El mismo bar de siempre. La misma mesa. Y los mismos Toquita y Rebequías de siempre...
–Tobías de mis entrañas a la maître de hotel, estoy levemente preocupadísima.
–¿Pero qué es lo que te acontece, Rebequita de mis aplicaciones no demasiado entendibles? ¿Acaso estás esperando alguna alegría no remunerativa para compensar los males que has soportado a cuenta de futuros prejuicios? ¿Quizás el ministro que confunde mansiones con baldíos te ha nombrado madrina de sus futuros bisnietos con lo cual deberás hacerte cargo de la deuda que él ha contraído a su nombre ante el Fondo Perjudicatario Internacional? ¿Es posible que seas tú la sospechosa de actos, actitudes o gestos claramente reñidos con las buenas costumbres moralinas que rigen en el imaginario colectivo meritocrático? ¿Temes que «La patricia es el otro» te confunda con una mujer, siendo que lo eres, y a partir de ese hecho te acuse de patriarca encubierta y te condene a 60 años de matrimonio mal avenido?
–Ay de mí, Tobías.
–¿Qué hay de ti, Rebequita?
–Que desde que puse sobre mi cabellera un pañuelo de color violeta, no han dejado de encasillarme en diversas y en todo caso poco convenientes pertenencias a organizacionales locales, nacionales, internacionales y constelacionales. Creyeron que por el solo uso del adminículo que cubre mi capa superior, pienso, profeso y practico activamente ideas consideradas poco convenientes para la coyuntura que nos aqueja.
–¿Quiénes?
–¿Cómo quiénes, Tobías de mis corazones solitarios? ¡Ellos, ellas, elles! Me confundieron con una militante a favor de la mostaza en granos, una luchadora contra el parto sin dolor, una activa y provocadora vendedora de chorizos aromatizados, una contrabandista de llaveros, una dealer de buñuelos de soja, una CEO que intenta beneficiarse de los planes sociales, una comedora compulsiva de maracujá…
–¡Pará, Rebequita de mis estornudos fogosos! ¿Cómo escapaste de todo eso?
–Me puse a gritar «¡Guacamole, guacamole!» y entonces se escapaban temiendo ser atacados por un monstruo pleistocénico.
–Tuviste suerte, Rebequita de mi pericardio, te podrían haber arrestado por «intento de incitación a la neurosis».
–No te pongas ansiolítico que no te soporto, Tobías de mi uña esmaltada. Mejor nos comemos unas centenas de facturtas y nos calmamos.
Eso hicieron.