Tobías se la banca
En el bar
Rudy

Febrero se manifiesta: calor, lluvia, verano. Y un atardecer porteño, en el que Tobías y Rebequita comparten un café.
–Tobías de mis acorazados potemkins, ¡vos no me querés más!
–Pero Rebequita de mis bonos a cien años que pagarán nuestros choznos… ¿cuál es la fake news que te lleva a afirmar semejante posverdad? ¿Quién es el troll que te ha hecho cliquear «me gusta» en  esa desafirmación absolutamente tendenciera y pendenciosa? ¿Por qué grieta del lenguaje introdujiste tan dolorosa oración exclamativa?
–No me vengas con vericuetos linguales, Tobías  de mis retruécanos facilitados por la coyuntura. Ambos sabemos que no miento ni posverdeo, vos no me querés más, ¡a lo sumo me querés igual que antes! El INDEC amoroso indicó un 0,0% de inflación cariñosa para este mes, ¡y ellos no mienten!
–Pero Rebequita de mis amarras helicoidales, ¿vas a hacer una demanda por desabuso amoroso, por desapego afectivo, por apocamiento mimoso, solamente porque el INDEC amoroso, o sea una entidad que puede medir comportamientos sociales pero no individuales, así lo define? ¿Vas a tomar mis efusividades personalísimas hacia tu ser  como una mera manifestación sociológica colectiva, y no como una fuerte percepción afectiva?
–Tobías, Tobías, Tobias, te nombro tres veces para que no tengas dudas de quién se trata. Yo soy lo suficientemente empoderada como para poder distinguir tus sentimientos personales de las demandas colectivas. No se trata de eso. Pero si el INDEC marca 0,0% no puedo dejar de tener en cuenta ese indicador. Porque necesitamos crecer, Tobias, y que no sea un crecimiento invisible, como decían los del desgobierno anterior. Pero además, acá estamos compartiendo un café ¡un café, Tobías de mi vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser! Antes nos comprábamos un café para cada une con tostadas, queso y mermelada de arandarinas, e incluso tercilunas y algún bocadillo… y ahora ¡compartimos un café!
–Pero no es mi cariño, Rebequita de mis entrañas  con salsa criolla, ¡es la crisis!
–Ah, ¡me estás diciendo gorda! ¡Me estás discriminando por mi sobrepeso! ¿O por los sobreprecios de la economía?
–¿Pero de dónde sacaste semejante delirio interpretativo?
–Tobías, el pez por la boca muere, y el Tobías, más todavía. Vos hablás de crisis, y para mí, la peor de las crisis es la que me ocurre cada vez que subo a una balanza y compruebo un superávit en mis kilos. Me estás ninguneando o ningordenando.
–Pero eso corre por tu propia cuenta, Rebequita. Jamás quise decir algo así.
–¿Ves, ves, ves? «Por mi propia cuenta», ahora querés que el café lo pague yo. ¡Vos no me querés más, Tobías, me querés menos!
Tobías calló su boca. Cualquier palabra hubiera sido utilizada en su contra.