Trastorno
Florencio Sánchez

A más de un siglo de su estreno, el núcleo dramático de El pasado, de Florencio Sánchez, sigue convocando a los fantasmas que convulsionan los lazos sociales. En Trastorno. Un culebrón metafísico, Pompeyo Audivert versiona libremente aquel texto y le aporta un aura de nervio y peligro inminente. Como siempre, lo siniestro tiene su origen en una trama oculta que no debería salir a la luz, pero que pugna inevitablemente por darse a conocer. La obra, codirigida por Audivert (también responsable de interpretar a Rosario, la ominosa madre) y Andrés Mangone, indaga en los mecanismos que sostienen a la élite y se pregunta bajo qué condiciones podrá seguir existiendo, aun a costa de someter a los más débiles. La anécdota gira alrededor del rechazo que sufre el joven Ernesto por parte de los padres de su prometida, quienes le prohíben verla. Y eso lo hiere y lo deja en una situación de fragilidad emocional. Ni su hermano José Antonio, ni su hermana Silvia, ni su abuela podrán ayudarlo. Pero detrás de esa situación se esconde un secreto que, de develarse, produciría un cimbronazo tal vez demasiado cruel. Trastorno funciona estupendamente bien en todos los niveles: como sátira de la oligarquía argentina, como comedia negra, como metáfora social que se amplía hacia contornos no territoriales (de allí su espesor «metafísico», enfatizado en su perfecta estructura cíclica). Pero más allá de estos logros, la obra resulta imbatible desde lo actoral. Se destaca cada integrante del elenco (Juan Manuel Correa, Pablo Díaz, Ivana Zacharski, Fernando Khabie, Julieta Carrera, Fernando Naval), pero el trabajo de Audivert lo muestra como un actor en estado de gracia. A tono con este nivel de excelencia interpretativa, la música en vivo de Claudio Peña le da a la pieza mayor singularidad. Del mismo modo son igualmente valiosos los demás rubros técnicos, como la iluminación de Leandra Rodríguez, que delinea esas zonas oscuras a las que los personajes muchas veces temen entrar. 

Ezequiel Obregón