Tres años de ajuste
Balance de situación
Desde el inicio de su gestión, con la implementación de sus distintas políticas económicas, Cambiemos tuvo un claro objetivo: reducir los costos salariales, tal como exigen los inversores externos. Deuda externa, recesión, inflación y costos sociales.
Alfredo T. García
Economista

Dujovne y Lagarde. Argentina fue el país emergente que mayor deuda tomó en 2016. (NICHOLAS KAMM/AFP/DACHARY)

Se habló y se sigue hablando de normalización, sinceramiento, corrección de desequilibrios y de precios relativos. Todo un arsenal de palabras afables que el gobierno utilizó para evitar referirse al ajuste, a los recortes de gastos o a los tarifazos. ¿Es acaso una exageración hablar de tres años de ajuste al evaluar el período que cumple el gobierno de Mauricio Macri? En absoluto. Veamos, como muestra, dos botones. El «teorema Prat Gay», vinculado con una expresión que tuvo el entonces ministro de Hacienda y Finanzas a pocos días de asumir: «Cada sindicato sabrá hasta dónde le aprieta el zapato y hasta qué punto puede arriesgar salarios a cambio de empleo»; y los dichos de Javier González Fraga, quien aún no era funcionario del gobierno, refiriéndose al nivel de consumo fomentado por la anterior gestión, cuando expresó en mayo de 2016: «Le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares e irse al exterior». Dos frases que se convirtieron en emblemáticas, pero también fueron premonitorias. Ya existía una idea clara del ajuste y uno de sus impactos más significativos: el aumento del desempleo, y cómo condiciona éste los aumentos salariales. Las frases citadas son también muy útiles para indicar que la situación que estamos viviendo hoy no es producto de un desmadre, o de malas políticas, sino un objetivo que se buscó desde un principio.
Por estas razones, desde estas páginas de Acción se sostuvo en varias oportunidades que la cuestión no era «gradualismo o shock», ya que ambas políticas llevaban implícito el ajuste. Por supuesto que muchas medidas que se tomaron fueron erradas, hubo discusiones en el seno del gobierno, malas políticas. Pero el sendero general de la economía, incluida la fuerte depreciación de la moneda argentina de este año, fueron consistentes con el programa que se implementó desde el inicio.

No solo frases
En el mensaje al Presupuesto 2019 se sostiene: «Nuestra estrategia de crecimiento debe basarse en integrarnos al mundo y ser cada vez más competitivos». Otra frase clave de la política del macrismo. ¿Qué hay detrás de estos objetivos? La integración al mundo es la identificación con las políticas de los países líderes, y en ese entendimiento, se generó la total liberalización de las operaciones comerciales y financieras con el exterior. Una política de apertura que los argentinos ya experimentamos en varias oportunidades y que siempre terminó con un saldo negativo, principalmente para las pymes y el empleo que estas crean.
Por otro lado, esa alusión frecuente a mejorar la competitividad tiene por objetivo principal reducir los costos salariales, en especial si se los mide en dólares. Esta es una condición esencial que reclaman los inversores externos para radicar capitales en el país.
La liberalización comercial y financiera generó, además de los mencionados efectos sobre la producción, un gran déficit externo. La Cuenta Corriente del Balance de Pagos llegó a un rojo de 4,9% del PIB, generado por el fuerte aumento de las importaciones de bienes, de servicios (principalmente turismo), por los pagos de intereses de la deuda externa y la remisión de utilidades al exterior. El dato de 2017 resultó más profundo aún que el mayor déficit producido en la década del 90 –en 1998 llegó al 4,5% del PIB–. Sumado a esta situación, la formación de activos del sector privado en el exterior (principalmente compra de dólares billete), más conocida como fuga de capitales, ascendió a 59.000 millones de dólares en los primeros 34 meses de gestión de Cambiemos (un monto similar al total de desembolsos acordados con el FMI).
La política monetaria adoptada (ya fueran las metas de inflación aplicadas hasta la firma del acuerdo con el FMI, o la restricción de las cantidades de dinero, solicitada por el organismo), llevaron a niveles de tasas de interés de referencia muy elevados, que impactaron negativamente en el financiamiento de empresas y familias. Usualmente, se utilizaron estas altas tasas como dique de contención al aumento del dólar, estrategia que no resultó efectiva, salvo en períodos muy cortos. Pero las altas tasas en términos reales, y por tanto tiempo, han tenido elevados costos en materia de consumo y producción.
El endeudamiento en dólares jugó un papel importante. No solo se pagó a los llamados fondos buitre la totalidad de la exigencia, también se incurrió en exuberancias, como la emisión del bono en dólares a 100 años, a una elevada tasa del 7,9% anual; si bien fue por un monto escaso (2.750 millones de dólares) en relación con el resto del endeudamiento tomado, intentó ser un símbolo del apoyo externo, que unos meses después se confirmó como efímero. Un supuesto apoyo que no generó las inversiones prometidas, pero que ayudó a endeudar significativamente al país, condicionando a los gobiernos venideros; y a generar una fuerte inestabilidad debido al corto plazo de la mayoría de la deuda tomada.
No es improcedente pensar que semejante endeudamiento (Argentina fue el país emergente que mayor deuda tomó en los mercados internacionales en 2016, superando a China y Arabia Saudita) haya ido pavimentando el camino para la llegada del Fondo. Uno de los resultados buscados por el gobierno, y fomentado por varios «gurúes» económicos cercanos al mismo, fue la firma del acuerdo con el FMI. Un hito penoso, pues es bien conocido el negativo impacto sobre la economía y la sociedad que han tenido los programas del Fondo, no solo en nuestro país, sino en la mayoría de los países en los que intervino, con una gran pérdida de soberanía. Como botón de muestra, el comentario editorial de un importante medio económico: «Algo que llamó la atención es que los comentarios de Roberto Cardarelli (el delegado del FMI en Argentina) no parecían los de alguien que opina desde afuera, sino los de una persona involucrada con la toma de decisiones».
No obstante, las políticas actuales pueden cambiarse. Pero este paso requerirá de un gobierno surgido de las elecciones, con un fuerte apoyo ciudadano, que aplique otro modelo que permita el crecimiento con equidad y esté dispuesto a negociar en otros términos con el FMI.