Tribunales
Santiago Varela

(Pablo Blasberg)

–Hola, juzgado del Dr. Tranzoti, buenos días.
–Por favor, comuníqueme con el Sr. Juez.
–¿De parte de quién?
–Del juez Runflaro.
–Un minuto su señoría, ya lo comunico.
–Gracias.
–Hola, aquí Tranzoti.
–Cacho, ¿cómo va? ¡Que ricas que estaban las mollejas en el asado de ayer! Se ve que el ministro quería quedar bien con nosotros.
–Lo que se ve es que el ministro tiene guita: casa de primera, pileta de primera, asado de primera, vino de super primera.
–Che, Cacho, yo te llamaba por otra cosa: ¿viste el juicio a Lula? ¡Un golazo!
–Cierto, no se puede creer, pero escuchame Runflaro, ¿vos leiste el fallo? ¿Viste la parte esa donde el juez da a entender que no es necesario tener pruebas, que con «la convicción nacida del conjunto de indicios» alcanza?
–No será un argumento para usar en la facultad, pero es un argumento de la puta madre. A nosotros poder usarlo nos ahorraría tiempo y trabajo que ni te cuento.
–Además es cierto, Cacho. ¿Para qué se necesitan pruebas si estamos nosotros, los jueces, para evaluar qué es lo mejor o lo peor para la sociedad? O para los que gobiernan la sociedad, que es más o menos lo mismo.
–Tal cual.
–La convicción que nosotros podamos tener, y que de hecho tenemos, no puede ser reemplazada y modificada por algo tan pedestre y elemental como esas cosas llamadas «pruebas». ¡Convicción e indicios! Esto jerarquiza la función del juez.
–La valoriza.
–La valoriza, ¡esa es la palabra! Nos valoriza a nosotros.
–Seguro que cotizaríamos en dólares.
–No seas guacho, Runflaro.
–Pero es la verdad
–¿La verdad? ¿Y a quién le interesa la verdad?
(Se escuchan dos fuertes risotadas)