Un mundo sin animales
La sexta extinción
El hombre es responsable de que especies como las jirafas o los tigres estén a punto de desaparecer. Hábitats cada vez más reducidos por el avance de la urbanización y la explotación agrícola se cuentan entre las principales causas.
Francia Fernández

Kenia. En la «lista roja» de la International Union for the Conservation of Nature figura el 60% de los herbívoros más grandes. (De Souza/AFP/Dachary)

Se imagina un mundo sin elefantes ni tigres? Recientemente, un grupo de expertos internacionales publicó un documento en la revista BioScience que alertó sobre la futura extinción de los grandes mamíferos, un fenómeno de tal envergadura que ya se lo conoce como la Sexta Extinción, porque si bien, a lo largo de la historia hubo al menos 20 extinciones masivas, por sus efectos devastadores solo algunas han sido consideradas como las más «grandes». La quinta ocurrió hace 65 millones de años, en el Cretácico, cuando los dinosaurios –cuyos esqueletos se exhiben en los museos y sus figuras son recreadas en el cine– se esfumaron de la faz de la Tierra.
Según la «lista roja» de la International Union for the Conservation of Nature (IUCN), debido a factores como la pérdida de hábitats y el calentamiento global, el 59% de los carnívoros más grandes (de peso mayor o igual a 15 kilos) y el 60% de los herbívoros de  peso mayor o igual a 100 kilos estarían en peligro de extinción. Dentro de este último grupo es elocuente el detrimento de la población de las jirafas, que se ha reducido en un 40% en las últimas tres décadas.
«Está claro que las extinciones del pasado fueron producto del cambio evolutivo, incluyendo las catastróficas, que generaron recambios (es decir, la aparición de nuevos grupos), pero la situación actual es muy diferente, por la gran demografía humana (más de 7.000 millones de habitantes) y la reducción de los ámbitos que ocupan las especies silvestres (por la urbanización o el uso de espacios para la producción de alimentos)», comenta Eduardo Tonni, doctor en Ciencias Naturales y paleontólogo de la División Paleontología Vertebrados del Museo de La Plata. «Con el ritmo actual de crecimiento de la población, en un lapso breve la fauna silvestre, especialmente los grandes mamíferos que requieren un hogar extenso, quedarán restringidos a santuarios o reservas», agrega.
Además de los especímenes citados más arriba, los gorilas y rinocerontes integran el grupo de animales en peligro de desaparecer. Una situación crítica en el África subsahariana y el sureste de Asia, lugares que albergan la mayor diversidad de megafauna existente. De hecho, se estima que, para fines del siglo XXI, desaparecería la mitad de las especies terrestres.

El árbol de la vida
«Si bien los grandes mamíferos son los animales más emblemáticos y quizá con los que la gente siente más cercanía, hay muchos grupos de organismos que están siendo afectados. De hecho, los anfibios lo están mucho más», afirma Rubén Quintana, biólogo especialista en Ecología de los humedales, investigador principal del CONICET y profesor asociado del Instituto de Investigación e Ingeniería Ambiental de la Universidad de San Martín. Diego Vázquez, otro biólogo e investigador principal del CONICET, que es doctor en Ecología y Biología evolutiva, coincide con él. «Las extinciones actuales y las que se esperan en el futuro están repartidas en todo el “árbol de la vida”. Hay grupos que están particularmente amenazados, por ejemplo, alrededor de un tercio de las especies de corales, anfibios y moluscos de agua dulce; un cuarto de las especies de mamíferos; un quinto de las especies de reptiles y un sexto de las especies de aves», enumera.
Según Quintana, «es la biodiversidad la que está en crisis», porque estas especies juegan un rol «muy importante» en los ecosistemas y la extinción provoca cambios funcionales en estos. «Por ejemplo, en la función de polinización. Hay un impacto de los agroquímicos en los agentes polinizadores y esto produce efectos como la reducción de alimentos. Los mamíferos son tan importantes como los insectos que polinizan, o los corales, que son el centro de la biodiversidad de los mares».
A diferencia de extinciones anteriores, son los propios humanos quienes están empujando a los animales a la desaparición. «Esta es la primera extinción provocada por la actividad humana, y se estima que la tasa es globalmente 100 veces mayor que la tasa “natural”, o sea, la de hace unos siglos, antes de que el hombre empezara a representar un factor de amenaza. Pero para algunos grupos la tasa estimada es mucho mayor; por ejemplo, para los anfibios se cree que es 45.000 veces mayor que la de hace unos siglos», puntualiza Vázquez.
En la Argentina, entre las especies en mayor de riesgo se cuentan el yaguareté, el venado de las pampas, el huemul, las ranas somuncurá de Río Negro; peces como la mojarra desnuda y aves como el macá tobiano. «Estamos hablando de un problema muy grave», dice Quintana. «De la conversión de ecosistemas naturales en sistemas productivos: de avance agrícola, ganadero, minero y de urbanización. En el país, los dos factores principales son la pérdida y fragmentación de los hábitats y la invasión de especies exóticas como los visones. Luego vienen otros, como la contaminación», subraya.
A fines del Pleistoceno, hace unos 10.000 años, se extinguió la mayor parte de los mega y grandes mamíferos que habitaron Sudamérica, como los perezosos y camélidos, producto de factores ambientales y de la caza, aunque habría sido el dodo, un pájaro del Océano Índico cuya imagen se conoce gracias a dibujos antiguos, que era cazado sobre todo por diversión, el primer «símbolo» de animal extinto por causa de los seres humanos.
En la ficción, en 1968, Philip K. Dick situaba su libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? en megaciudades donde no existen animales y la tecnología es omnipresente. ¿Desolador, no? «Un evento de esta magnitud (la pérdida del 75% de las especies) podría tener un impacto enorme sobre la historia evolutiva de la vida en nuestro planeta. Grupos enteros podrían desaparecer, o disminuir drásticamente en términos de número de especies y distribución geográfica, mientras que se generaría la oportunidad para la evolución de muchas especies nuevas... Sería de algún modo como barajar y dar de nuevo», indica Vázquez.
Se supone que una vez que una extinción masiva ocurre, a la vida le toma millones de años recuperarse. «Vamos hacia un mundo de ratas, cucarachas y malezas, para decirlo de un modo gráfico. Y dentro de millones de años, un mundo bastante diferente del que conocemos en la actualidad», asevera Vázquez. «Si las tendencias no cambian (todavía estamos a tiempo de hacer algo), nos encaminamos a un mundo con una biodiversidad tremendamente empobrecida. En poco tiempo estaríamos borrando de un plumazo una parte importante de la maravillosa diversidad de la vida de nuestro planeta... Nuestra preocupación debe pasar por las consecuencias que esto implica tanto para el planeta como para nuestros descendientes, que van a sufrir el impacto de los cambios que estamos generando».
La comunidad científica internacional coincide en que es necesario diseñar políticas de conservación adecuadas e incrementar la financiación de la conservación global. «Sin esa transformación existe el riesgo de que las especies más icónicas no puedan sobrevivir al siglo XXII», aseguran sobre un tema que, sin duda, tendría que importarnos a todos.