Una historia de lucha
María Domínguez y Claudia Domínguez Castro
La nieta restituida y su abuela, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo de la provincia de Mendoza, cuentan juntas el derrotero de un largo camino que llevó, luego de 37 años de búsqueda incansable y colectiva, a la recuperación de la identidad de la joven y al reencuentro con su familia.
Gisela Marsala Cardona

María Domínguez es fundadora y actual presidenta de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo de la provincia de Mendoza y abuela de Claudia Domínguez Castro, hija de Gladys Castro y Walter Domínguez (aún desaparecidos), nacida en cautiverio, apropiada en marzo de 1978 y restituida por Abuelas de Plaza de Mayo en agosto de 2015. En marzo de este año, el Tribunal Oral Federal 1 mendocino condenó a 10 años de prisión al exmilitar Héctor Carabajal, por la apropiación de Claudia,  y a 3 años de cárcel a Julio Humberto Bozzo y Antonia Clementina Reitano, el matrimonio que la crió, en la primera sentencia por robo de niños de la historia de la provincia.
Si bien las vidas de la nieta 117, licenciada en Educación Física, docente y madre de tres hijos, y de su abuela, ama de casa y luchadora incansable, transcurrieron sin conocerse durante 37 años, albergan varios puntos de encuentro tanto en sus luchas como así también en sus contradicciones, que acaso las llevaron a encontrarse para siempre el 27 de agosto de 2015. Historias que se construyen, deconstruyen y resignifican a la luz de la memoria, la verdad y la justicia.
–¿Qué recordás del 9 de diciembre de 1977?
–María: Aquella noche, después de secuestrar a mi hijo y a mi nuera embarazada, vinieron a buscar a mi otro hijo, Osiris, que no estaba en casa y que luego tuvo que exiliarse. Yo estaba durmiendo pero mi marido estaba levantado porque hacía cuchillos y trabajaba de noche. Cuando me levanté en la mañana, mi marido estaba sentado al lado de la mesa, no me podía ni decir lo que había pasado, no sabía por qué habían entrado esos tipos, no entendíamos nada. Esa misma mañana fui a la inmobiliaria (donde también alquilaban Walter y Gladys, embarazada de 6 meses) a cobrar unos alquileres y me enteré de la peor noticia. «Señora, no sabe lo que ha pasado donde vive su hijo», me dijeron en la inmobiliaria. Ellos sabían porque les contó el dueño de la casa, que fue hasta allá porque los vecinos le avisaron que habían roto la puerta, que los habían sacado a los dos de la cama y se los habían llevado. Desde ese día nunca supimos absolutamente nada de ellos.
–¿Cómo fue tu infancia sabiendo que no eras hija biológica de quienes te criaron?
–Claudia: Yo no llegaba a comprender lo que significaba. Siempre sentí que era especial ser adoptada, y recibí mucho cariño donde me crié. Con la llegada de la adolescencia empecé a tener otras inquietudes, otras voces sobre mi adopción, contradicciones en la historia que yo conocía y la que sabían mis primos. Mi historia siempre estuvo vinculada al abandono, a creer que me habían regalado. Recién en la universidad conocí a personas que me acercaron a la tragedia, a la verdadera historia nacional, y con ellas empecé a preguntarme otras cosas, pero con muchas dificultades porque siempre sentí que quienes me criaron me habían salvado la vida frente a una familia que ni me quería.
–Con el regreso de la democracia comenzaron las campañas masivas de la búsqueda de nietos. ¿Recordás esa etapa?
–C: En los 90, en la facultad, mi amiga Silvia me invitó a una reunión de H.I.J.O.S. pero para mí, en ese momento, eran igual a un partido político. No me interesaba porque aprendí en casa que «no hay que meterse». Silvia puso en duda mi año de nacimiento, me hablaba de la dictadura, unió la llegada a mi casa con algunos datos que le sonaron extraños de quien en ese momento era mi tío (Héctor Carabajal). Ella me entrega toda esa información en bandeja y aun así no logré unirla, no pude, no quería. Teníamos 19 años, el padre de Silvia fue exiliado y su madre detenida, nuestras historias eran muy cercanas sin que lo supiéramos. Incluso yo estaba de novia con Martín Brizuela (hijo de Ricardo Sánchez Coronel, desaparecido, y de Rosa Gómez, exdetenida y testigo clave en la Megacausa de Mendoza) y no interpretaba, jamás pensé que me podía pasar a mí. Era como encontrar una aguja en un pajar y no iba a ser justo yo. Incluso hasta el momento del ADN creí que a mí no me iba a tocar, que ojalá tuviera la suerte que resultara positivo para cerrar esa duda, pero no tomaba dimensión de lo que significaba y seguía pensando que iba a tener tanta mala suerte de que me iba a dar negativo y que yo iba a seguir sin saber quién era.
–¿Cómo se busca a una persona nacida en cautiverio? ¿Cómo buscaste a Claudia?
–M: Siempre esperé que alguien me dijera algo, alguna pista, que íbamos a ir encontrando información desde el día del parto. Pero no fue así. Recorrí muchísimos lugares buscándola, estuve en Buenos Aires el 28 de diciembre de 1978, porque Videla había dicho que ese día iba a entregar información de nuestros hijos. Viajamos Madres de todas las provincias y estuvimos todo el día al sol, frente a la Casa Rosada, con tipos con armas largas apuntándonos y jamás dijo nada. Se burló de nosotras el mismo día de los Santos Inocentes. Una vez vino un chico que trabajaba con Abuelas, puso unas fotografías arriba de la mesa y yo le pregunté de dónde había sacado esas fotos de mi hijo. Él me dijo que no era mi hijo, que ese nene de la foto podía ser mi nieto. Viajé a Córdoba, me entrevisté con el juez que llevaba la causa, vi al chico, que era muy parecido a mi marido, a mi hijo, pero parece que no era mi nieto. La familia acusada de apropiación le realizó el ADN en un hospital de la provincia, no en donde hacíamos los estudios nosotros. Mi nuera siempre decía que estaba embarazada de un varón. En su familia hay mellizos, por eso yo tengo la idea de que Claudia podría tener un hermano.
–C: Cuando conocí, después de mi restitución, esta información, me pasaron cosas muy fuertes. Para mí fue reloco porque de chica pensaba en mi identidad e imaginaba un hermano varón. Comencé a averiguar sobre este chico, lo busqué en redes sociales, era exactamente igual a mi papá. Encima, en la Conadi (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad) me dijeron que no estaba corroborado el análisis de datos genéticos. Cuando se reabre la causa de mis viejos, éramos tres los probables hijos, la primera persona que se analizó fui yo, como mi ADN dio positivo quedaron descartados los demás y se cerró esa búsqueda. Pero claro, ¿qué pasa si fue un nacimiento de mellizos? Realmente no lo sabemos. Sentí que toda mi historia podía cambiar otra vez. En diciembre de 2016 estuvieron los resultados del chico cordobés, los cruzaron conmigo y dio negativo. Luego hicieron la prueba con todo el Banco de Datos Genéticos y no arrojó coincidencias. Ahí se cerró esa historia, pero mi abuela sigue afirmando que yo tengo un hermano varón.


–Aquellas amigas de la facultad ¿creían que podías ser hija de desaparecidos?
–C: Sí, totalmente. Silvia y su mamá insistieron desde que me conocieron. Estuve a punto de realizarme un ADN voluntario en 2008 y me arrepentí. Me hice la prueba en 2015 porque desde la Conadi me dijeron que si no lo hacía voluntariamente, en un tiempo iba a ser obligatorio porque mi causa ya estaba judicializada.
–Ese fue el hito que cambió sus vidas.
–M: Me enteré un jueves, yo venía de la ronda de la Plaza, sonó el teléfono y era Estela (de Carlotto). Me preguntó si estaba bien, le dije que sí y me volvió a preguntar si realmente estaba bien. «Sí, ¿qué pasa Estela?» y ahí inmediatamente me dijo: «Encontramos a tu nieta». Yo lo primero que le pregunté fue «¿qué nieta?». Yo esperaba un nieto. Corté el teléfono y no lo podía creer. Estaba sola, no sé por qué pero seguí cocinando como todos los días, muy emocionada, con todas las preguntas y curiosidades por saber quién era. Muchas veces en todos estos años estuve mal, triste, pero jamás perdí las esperanzas de estar viva para abrazarla.


–¿Conocías a María? ¿La viste en los medios alguna vez?
–C: Jamás la vi en mi vida. La conocí googleando cuando me llamaron de la Conadi y me confirmaron que era hija de desaparecidos. Eugenia (de la Conadi) me hablaba de la prensa, del reconocimiento, que mi abuela era la presidenta de Madres y yo no tenía idea de nada.  
–M: Nosotras (junto con la abuela materna, Angelina Caterino) nos fuimos a Buenos Aires para la conferencia de prensa y ella ni siquiera estaba en Mendoza. No nos veía ni por la tele todavía.
–¿Cómo recibiste la noticia de tu restitución, de ser la Nieta 117?
–C: Uf. Volvíamos del sur con mi familia y en la ruta trataba de sintonizar radios para escuchar qué pasaba. Paramos en Zapala en la casa de la familia de mi marido y estaba la noticia en la tele. Me impactó mucho. Salí de la casa porque me llamó una de mis primas de crianza y me preguntó directamente: «Claudia, la nieta, ¿sos vos?», le dije que sí y no pude parar de llorar. Cuando volví a entrar a la casa todos sintieron que era yo, aunque no podía hablar. No entendía nada.
–¿Y cómo se conocieron personalmente?
–M: Nos encontramos en Bermejo, Guaymallén, en la casa de una amiga de Claudia. Nosotras estábamos muy alegres, tranquilas, pero ella estaba renerviosa, no sabía con qué se iba a encontrar. Cuánta historia, ¿no? ¿Cómo yo iba a pensar que este iba a ser mi destino? Siendo una mujer común, trabajando para la familia, haciendo lo que hace una ama de casa, hasta que un día se me dio vuelta todo y tuve el coraje para hacer lo que hice en estos 40 años.
–C: Yo no sabía qué me iba a pasar cuando las viera. Primero necesitaba volver a mi casa y entender qué pasó. Hablar con quien claramente tenía que ver con mi apropiación, hablar con mis padres de crianza de quienes pensé que en su ingenuidad podrían haber sido víctimas también de este tipo.
–¿Hoy pensás lo mismo?
–C: Después me di cuenta que fue mitad y mitad. Igual hay cosas que no quedan claras. Pero mi preocupación era que no se enteraran por televisión, yo quería llegar primero a hablar con ellos. Una vez resuelto eso, no podía perder un minuto más sin conocer a mis abuelas. Pero tenía mucho miedo, por la prensa, por la exposición. Me di cuenta de que nunca le había contado a mis hijos que yo era adoptada, me cayeron muchas fichas. Después de la conferencia en Mendoza, seguía sin poder creer todo lo que estaba pasando, no podía medir el enorme movimiento que se estaba generando. Y mi primer 24 de marzo me impactó ver tanta gente que hizo posible que yo esté acá. Tengo un enorme agradecimiento por quienes trabajaron durante años para que estas cosas pasen. También sentí lo duro de tanta lucha, desde que ellas estaban solas y nadie les creía, hasta ser millones. Yo era como esa gente que camina mirando al costado, nunca me había interesado por este tema. Ahora me desperté.
–M: Nos recibió en la casa de su amiga, por las dudas, por si después no nos quería ver más, así no sabríamos ni dónde vivía. Qué diferente hubiese sido todo si nos hubiésemos encontrado en 1994, cuando llegó la primera denuncia sobre su adopción. Pasaron 11 años más hasta conocernos. Tanta alegría me da bronca también, porque podríamos haber activado hace muchos años su búsqueda.
–¿Cómo es hoy su relación?
–M: Yo siento dolor por todo lo que hemos perdido, sus cumpleaños, la escuela, sus embarazos. Estuve internada en el mismo hospital en el que ella hacía unos días había parido, su hijo más chiquito cumple años dos días antes que mi hijo Osiris. Ella le puso Bruno a su hijo y así se iba a llamar mi nieto, el hijo de Walter y Gladys, que ahora es nieta. Muchas coincidencias. Mirá todo lo que me encontré. Ahora tengo bisnietos, una locura. A mí me encanta disfrutarla.
–C: A María la percibo con una fuerza increíble, inquebrantable, en la calle y en la casa. Eligió poner el cuerpo y salir a luchar. Con ella estoy activa, aprendo, hablamos de política, de la situación del país, tengo que estar atenta y no perderle el hilo. Pero creo que yo he llegado tarde, he llegado tarde a sentir esa lucha y ese dolor. Yo tengo otros dolores, cosas que no he resuelto. Ya sé todo de la vida de mis papás a través de lo que me han contado, porque sus vidas fueron muy intensas pero muy cortas. Los encontré y los perdí en el mismo momento. Racionalmente tengo la ubicación de todos los roles, apropiación, delito, restitución, pero emocionalmente tengo muchas contradicciones. Me quitaron tanta diaria, tanto cotidiano, que tengo que hacer un esfuerzo en el vínculo con mis abuelas y no entienden cómo puedo seguir con ellos (sus padres de crianza). Hay cosas que yo tampoco las entiendo y son así por ahora. Me duele todo lo que nos perdimos, lo que nos robaron, me pesa todos los días de mi vida. Esto no tendría que haberlo decidido nadie, tendrían que haber tocado el timbre y dejarme ahí, con mi familia. No hay excusas, ni por afecto, ni por amor, de eso no se vuelve.


–Uno de los momentos más esperados fue el juicio por la apropiación de Claudia. ¿Cómo lo vivieron?
–M: La condena que les dieron es muy poca, sumado a que el Servicio Penitenciario les tiene miedo y respeto a estos tipos. Una sabe cómo viven los genocidas en la cárcel, están mejor que en su casa. Pero por lo menos se supo públicamente quién fue este hombre. Aunque no pudimos saber nada más sobre el secuestro de mi hijo o dónde dio a luz mi nuera.
–C: Yo esperaba recuperar información pero no fue así. Mi historia son solo hipótesis por su pacto de silencio, pero creo que el juicio vino a encajar a cada uno en su lugar. A mis apropiadores les cayó la ficha de la gravedad de los hechos. El juicio me hizo sentir que la ley sentó a todos para decirles que esto es grave y que hay que responder. Yo nunca hablo del juicio porque tengo muchas contradicciones, pero mi opinión personal es que la condena fue muy leve, es lo que correspondió a los fines legales pero creo que debería ser modificada. La condena es poca para tanto daño y lo peor es saber que en 10 años me lo voy a cruzar en la calle. Es como un chiste de mal gusto.

Fotos: Andres Larrovere