Una logia de tres siglos
Masones en Argentina
La organización, cuyos miembros protagonizaron importantes capítulos de la historia nacional, cumple 300 años. Hay quienes los consideran oscuros conspiradores, pero ellos se definen como un movimiento de hombres ilustrados que luchan por la libertad.
Gastón Rodríguez

Buenos Aires. Palacio Cangallo, en Perón 1242, una de las sedes de la masonería en nuestro país. (Jorge Aloy)

El único secreto, juran, es la vivencia. Los masones tienen una explicación para el universo mitológico construido alrededor de ellos a lo largo de la historia: hablan del «intento de desprestigio por parte del status quo», incapaz, según dicen, de soportar un movimiento de hombres ilustrados que atacarían los privilegios de la época.
Entonces lo que se impuso fue la sospecha y la masonería se convirtió en un conjunto de conspiradores que, llenos de oscuros intereses económicos y políticos, influyen en los sectores más poderosos de la sociedad en provecho propio.
Lo cierto es que la mala reputación no alcanzó para impedir que la masonería echara raíces en la Argentina, de la mano de viajeros, comerciantes, militares e intelectuales procedentes de Inglaterra, España, Francia y Portugal, que difundieron las logias en América del Sur como un concepto de hermandad, ni tampoco pudo evitar que tuviera una vida longeva: durante 2017, el país se sumará a los festejos mundiales por los 300 años de la creación de la masonería formal. Sin dudas la mejor ocasión para desmentir, o confirmar, algunas ideas.

Primeros rastros
El primer rastro masónico en territorio argentino fue la Logia Independencia, que logró la autorización, en 1795, de la Gran Logia General Escocesa de Francia para difundir sus preceptos en el Nuevo Mundo. De aquel puñado de pioneros se llegó a los 12.000 de la actualidad (unos 6 millones en el planeta) repartidos en logias autónomas, de los cuales unos 5.000 se congregan regularmente bajo el auspicio de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones.
«La masonería ha estado desde el principio en la Argentina. En la Revolución de Mayo eran todos masones, lo mismo en el Primer Triunvirato, en la Declaración de la Independencia. San Martín, Belgrano, Castelli, así como la mayoría de los dirigentes del movimiento emancipador fueron masones. La Constitución del 1853 (en referencia a la primera que rigió en la mayor parte del territorio) es un resumen de las ideas políticas que propone la masonería. Fíjese la revolución que hemos hecho y que no es advertida», se lamenta el gran maestre de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones, Nicolás Orlando Breglia.
El hombre, un abogado laboralista de 68 años, casado y con un hija, preside todas las logias del país gracias al voto de los masones, que lo depositaron en el cargo por tres años con posibilidad de reelección. Nadie mejor que él, entonces, para explicar qué es un masón.
«Es un hombre libre y de buenas costumbres, que se incorpora a la masonería porque quiere correr una gran aventura, que es la de convivir con el que piensa distinto. Esta es una escuela de conducta, porque le exige a sus miembros conservar una ética hasta el fin de sus días, y también de conocimiento, porque no se puede vegetar, hay que perfeccionarse siempre, tomarlo como un pulimiento personal».
Breglia también da una pista sobre el funcionamiento: «Se realiza una reunión semanal en el templo donde cada uno puede proponer un tema y preparar una exposición. Si cuando lo lee alguno no está de acuerdo, puede plantear una diferencia. Entonces se le pide un nuevo trabajo con su visión. De esta manera practicamos algo que es muy raro en este mundo y que es aprender a escuchar. Nosotros sostenemos que todo depende de la óptica que se tenga, que no existen verdades absolutas, por eso tratamos de llegar a puntos de encuentros».
En esas liturgias, los masones usan un mandil, que es una suerte de delantal blanco, en homenaje a la vestimenta de los que picaban las piedras en la Edad Media, simbolizando así su fe en el esfuerzo. Los temas que se tratan en las reuniones pueden ser simbólicos, filosóficos y, por supuesto, políticos, aunque uno de los principios irrenunciables de la masonería es la prohibición de participar en la actividad partidaria.
«La masonería –explica Breglia– no hace política, pero prepara hombres con determinados principios y valores para que puedan salir a la sociedad y transformarla, para luchar por la igualdad de derechos y por la república laica y democrática, es decir, la masonería prepara hombres para que, al salir al mundo, asuman posiciones de liderazgo».

Fraternidad universal
La masonería aparece en el medioevo, cuando un grupo de albañiles (en francés, maçons) se independizaron de la tutela de los benedictinos, creando lo que hoy serían los sindicatos. Estos flamantes gremios monopolizaron la construcción de las catedrales y los castillos y durante los descansos se reunían en chozas o talleres para compartir sus técnicas y secretos de la construcción. En 1717 empiezan a incorporar miembros de otras profesiones como filósofos, militares, historiadores o matemáticos, luego de rigurosos procesos de admisión y selección. Dada su relación con la Iglesia, basaron todos sus ceremoniales en la Biblia, con especial devoción al pasaje que detalla el proceso de construcción del Templo de Salomón. En este punto es importante aclarar que si bien la masonería se enfrentó en numerosas oportunidades con la Iglesia, no es, a priori, anticlerical: aboga por el laicismo al tiempo que patrocina creer en algo superior.

Un solo dios
«Un ateo no podría ser masón, los agnósticos pueden ingresar, pero aconsejamos que cada uno tenga una religión. Nosotros consideramos que existe un solo Dios común a las tres religiones monoteístas», sentencia Breglia, aunque sepa que agrega más confusión al tema.
También es difícil de entender por qué aún hoy las mujeres no pueden participar de las reuniones. El gran maestre comparte su justificación histórica: «Cuando se forma la masonería moderna en el siglo XVIII, la mujer tenía escasa representación en la sociedad, de forma que se crearon logias de hombres solamente, pero la sociedad evolucionó y creemos que se han igualado los derechos del hombre y la mujer. La masonería necesita de la mujer aunque por ahora hay normas internacionales que se tienen que cumplir».
Las mujeres, como era de esperarse, no se quedaron quietas y formaron logias femeninas que utilizan los mismos templos de los hombres, aunque en distintos días.
En Argentina existe desde hace 15 años la Gran Logia Femenina integrada por «mujeres librepensadoras, con ganas de crecer en la masonería; que no es otra cosa que un modo de impartir, vivenciar, desarrollar una filosofía axiológica».
Con respecto a las diferencias entre varones y mujeres, las masonas que pertenecen a esta logia creen que «solo hay personas con cualidades distintas». En ese sentido, afirman que «el ser humano es una piedra en bruto que debe pulir (corregir errores) hasta convertirse en una bella piedra preciosa».
La masonería femenina se presenta como verdaderamente inclusiva y por eso destaca que «no importa la religión de la postulante o la ideología política, a menos que adhiera a ideas extremas como el falangismo, el fascismo o el ideario nazi». Para ellas queda claro que la masonería no es un partido político, una religión ni una secta: es lo que dicen sus banderas, «una defensora de la fraternidad universal».