Viajar es un placer
En el bar
Rudy

(Ilustración: Hugo Horita)

Tarde otoñal, lo que no es tan extraño, considerando que estamos en mayo. Aunque a partir de la pandemia nadie, ni el clima, sabe exactamente dónde ni cuándo está.
–Tobías de mi recalcitrante temporada 2, ¡quiero que me lleves!
–¿Adónde, Rebequita de mis pensamientos filosóficos descartados por rudimentarios?
–¿Te das cuenta de que sos un pseudointelectual indeciso dudoso vacilante procrastinador irredento, Tobías de mis medialunas de jamón y arándanos en celo recién recolectos?
–No, Rebequita, la verdad es que no.
–Lógico, porque no te das cuenta de nada, puede pasar una marcha del orgullo canguro, una manifestación de tortugas reclamando por la doble caparazón, un ejército de avatares que se escapó de una red social, una orquesta de celulares tocando «La Marsellesa» punto3, y vos seguirías allí.
–Bueno Rebequita, si pasara alguna de esas cosas, me daría mucha curiosidad, y me quedaría viendo lo que pasa.
–Por supuesto, porque cualquiera de esas cosas, o incluso una hormiga reclamando su desayuno a viva voz, son más importantes que yo.
–¿Por qué decís eso, Rebequita de mi alma, mi cuerpo y mi espíritu?
–No lo digo yo, lo dijiste vos… Dijiste que te quedarías viendo cualquiera de esas cosas a pesar de que… ¡yo te acabo de pedir que me lleves!
–Pero Rebequita de mis supinas ignorancias, yo estaba hablando en términos hipotéticos. Me imaginaba que cualquiera de esas cosas que nombraste, haría que vos también te quisieras quedar contemplando el fenómeno.
–Ay, Tobías, deja de autopercibirte tonto, ¡pensá! ¡Te acabo de pedir que me lleves!
–Sí, pero no me dijiste adónde.
–Porque no hace falta, Tobías, cualquier lugar que vos eligieras, habría estado…
–¿Bien?
–¡No, Tobías, mal, mal y recontra mal! ¿No sabés que estamos en pandemia, y lo mejor es no ir a ninguna parte? ¡No te das cuenta de que pondrías en peligro no solamente mi vida, sino también mi existencia y mi continuidad biológica?
–Bueno, Rebequita, yo quería satisfacer tu deseo.
–¿Y cómo sabés que mi deseo era que vos satisficieras mi deseo? ¿Y si mi deseo era pedirte que me llevaras a alguna parte para que vos me protegieras quedándote conmigo? ¿Y si mi deseo era que vos me propusieras lugares de ensueño, me describieras el mejor viaje que pudiéramos tener en la vida, me sedujeras con un trayecto imposible de rechazar, y yo luego te dijera: «No, Tobías, no se puede»?
–Bueno, Rebequita es que no sé cuál es tu deseo.
–Ay, Tobías, ¿ves que cuando de verdad te esforzás, podés? ¡Ese es exactamente mi deseo, que no sepas cuál es mi deseo!
Tarde de otoño, caen las hojas; los deseos siguen en pie…


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