Yves Klein. Retrospectiva
Fundación Proa

«Al principio no hay nada, luego hay un profundo vacío y después de eso una profundidad azul», dijo Yves Klein (1928-1962), artista autodidacta, campeón de yudo, adicto a las anfetaminas e iniciado en las enseñanzas de la Orden de Rosacruz. El mismo que, sobre la arena de una playa de Niza, observó los colores del cielo y tuvo una revelación. La muestra exhibe el trabajo de este francés al que su preocupación por el color lo llevó a inventar uno que lleva su nombre: el «azul klein», tan peculiar por el aglutinante de resina sintética que le permite conservar el brillo y la intensidad. Allí están las pinturas monocromas pintadas con rodillos y las esculturas de esponjas del hipnótico pigmento; la serie Antropometrías, con la que perfeccionó la técnica de «pinceles vivos»: pintaba sobre los cuerpos de sus modelos que luego dejaban huellas sobre la tela. Y también el registro de Zona de sensibilidad pictórica inmaterial, una de sus acciones más insurrectas, de los 60, en la que vendió porciones del vacío –piezas inmateriales– a cambio de una paga en oro, para luego tirar todo el mineral recaudado al Sena: con esta obra problematizó las formas del intercambio capitalista y reflexionó sobre los valores arbitrarios del mercado del arte. Klein murió joven, a sus 34 años, pero sus creaciones siempre serán esa experiencia del color, la inmaterialidad y una lectura singular sobre la idea de vacío propia del pensamiento oriental.

Viviana Vallejos